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Comprender la diferencia entre activo y pasivo es uno de los pilares de la educación financiera
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Aunque pueda parecer evidente que distinguir qué “pone dinero en tu bolsillo” y qué lo “saca” marca la diferencia, muchas personas y empresas mantienen una confusión que puede afectar a sus decisiones económicas.
Comprender bien los términos contables “activo” y “pasivo”, así como sus diferencias, resulta muy útil para aclarar esa confusión y ordenar las finanzas.
De acuerdo con la definición estándar en contabilidad, un activo es un recurso que controla una persona o empresa y que está diseñado para generar beneficios futuros; mientras que un pasivo es una obligación de pago frente a terceros.
Esta estructura —activos a la izquierda del balance, pasivos a la derecha— constituye la base del estado patrimonial y refleja el equilibrio entre lo que se posee y lo que se debe.
Sin embargo, ambos conceptos encierran matices esenciales. Los activos pueden ser materiales o inmateriales, corrientes o no corrientes, financieros o productivos. Los pasivos pueden ser a corto o largo plazo, reales, contingentes, e incluso incluir obligaciones que solo aparecen en la contabilidad ampliada.
Conocer estas categorías ayuda a interpretar con mayor precisión la salud financiera de un negocio o del patrimonio personal y familiar.
Un activo puede entenderse como todo aquello que tiene valor y que está en condiciones de generar ingresos o beneficios en el futuro.
En el ámbito empresarial, los activos abarcan desde dinero en caja hasta instalaciones productivas, patentes, inversiones financieras o existencias.
A nivel personal, hablamos de ahorros, inmuebles susceptibles de alquiler, acciones que reparten dividendos, instrumentos de inversión o bienes cuyo valor se mantiene o puede apreciarse con el tiempo.
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Según la clasificación contable, los activos se dividen en corrientes —los que pueden convertirse en efectivo o utilizarse en un ciclo operativo menor a un año— y no corrientes, que tienen un uso prolongado y aportan valor durante varios ejercicios.
Entre los activos corrientes se encuentran la caja, los créditos por cobrar o las existencias; entre los no corrientes, inmuebles, maquinaria, inversiones a largo plazo o propiedad intelectual.
Un punto clave es que un activo puede generar flujos de caja positivos, ya sea porque se utiliza para producir bienes y servicios o porque genera ingresos directos, como sucede con una vivienda alquilada o con acciones que distribuyen dividendos.
El conjunto de los activos de una entidad constituye lo que técnicamente se denomina patrimonio bruto. Pero esa cifra adquiere verdadero sentido solo cuando se contrasta con los pasivos: el patrimonio neto surge al restar todas las obligaciones del valor total de los activos.
Si el activo representa recursos y valor, el pasivo representa obligaciones. Un pasivo es cualquier deuda o compromiso financiero que implique una salida de dinero presente o futura.
En el ámbito empresarial o personal, puede tratarse de préstamos bancarios, deudas con proveedores, hipotecas, impuestos pendientes o pagos laborales.
También se distinguen entre pasivos corrientes —los que deben liquidarse en menos de un año— y pasivos no corrientes, que se extienden más allá de un ejercicio.
Considerar el pasivo únicamente como “deuda” es limitar su función: en realidad, el pasivo es la fuente de financiación de muchos activos.
Por ejemplo, una hipoteca es un pasivo, pero permite obtener un activo —una vivienda—; un préstamo para maquinaria o una emisión de deuda empresarial son obligaciones que aumentan la capacidad productiva y, en consecuencia, la posibilidad de generar ingresos.
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La relación entre activo y pasivo es tan estrecha que ambas partes del balance deben estar siempre equilibradas: cada activo tiene necesariamente una fuente de financiación.
Por ejemplo, si una empresa tiene un inmueble valorado en 3 millones de euros financiado al 50 %, su patrimonio neto será de 1,5 millones. Ese equilibrio contable conduce a la idea esencial: el patrimonio neto es la diferencia entre lo que tienes y lo que debes.
Comprender la relación y la diferencia entre activo y pasivo es fundamental para evaluar la solvencia, la capacidad de endeudamiento y la estrategia financiera tanto de una empresa como de una familia.
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A nivel empresarial, aumentar activos productivos sin incrementar pasivos ineficientes es un signo de buena planificación.
A nivel personal, dedicar parte de los ingresos a generar activos (ahorro, inversión, formación) y controlar los pasivos improductivos (deudas costosas o gastos recurrentes sin retorno) es la base de una salud financiera sólida.
Por lo tanto, la diferencia entre un activo y un pasivo no es solo un concepto técnico: es una herramienta práctica para ordenar las finanzas y tomar decisiones más informadas. Los activos representan oportunidades de crecimiento; los pasivos, compromisos y costes futuros.
Ambos son necesarios, pero deben gestionarse con equilibrio. Tener clara la naturaleza de estos elementos financieros permite construir un patrimonio más estable, tomar decisiones con mayor claridad y orientar el futuro económico hacia objetivos realistas y sostenibles.