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Satélites, sensores e inteligencia artificial transforman la gestión de los mares y las costas en Europa
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El deterioro del Mar Menor lleva años dejando imágenes difíciles de olvidar en la costa murciana. Episodios de agua verde, toneladas de peces muertos acumulados en las orillas y varias crisis tras lluvias torrenciales han convertido la laguna en uno de los principales problemas ambientales del litoral español.
Para intentar revertir la situación, un grupo de investigadores del CSIC utiliza inteligencia artificial y datos satelitales que permiten seguir la evolución del ecosistema con un nivel de detalle impensable hace apenas unos años.
El proyecto , desarrollado por el Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía, combina sistemas de aprendizaje automático con imágenes captadas por el satélite Sentinel-2 de la Agencia Espacial Europea.
La resolución alcanza niveles asombrosos de diez metros. Son suficientes para detectar cambios relevantes en la turbidez del agua o en la concentración de clorofila-a, dos indicadores básicos que sirven para medir la salud ecológica de la laguna.
De ese modo, los investigadores han reconstruido casi una década de evolución ambiental del Mar Menor. Además, han podido relacionar determinados patrones con episodios extremos recientes, desde las conocidas “sopas verdes” hasta las consecuencias de la DANA de 2019.
El estudio también ha permitido identificar las zonas más degradadas y entender mejor cómo responde cada área de la laguna a cambios climáticos y aportes de nutrientes procedentes del entorno agrícola.
Este tipo de herramientas empieza a formar parte de la llamada economía azul, un concepto que engloba actividades económicas relacionadas con mares, océanos y zonas costeras y que se ha convertido en uno de los ámbitos estratégicos para una Europa en plena transición energética y tecnológica.
La economía azul incluye sectores tradicionales como la pesca, el transporte marítimo, la actividad portuaria, el turismo costero o la construcción naval. Sin embargo, en los últimos años el concepto se ha ampliado hacia actividades ligadas a la innovación y a la sostenibilidad, desde la energía eólica offshore hasta la observación oceánica, la acuicultura avanzada o la robotización submarina.
La dimensión económica es considerable. Según la Comisión Europea , la economía azul genera alrededor de 4,5 millones de empleos y mueve más de 650.000 millones de euros anuales dentro de la UE.
Bruselas considera además que buena parte de los objetivos del Green Deal dependerán de la capacidad de transformar las actividades marítimas sin aumentar la presión sobre ecosistemas ya muy vulnerables.
España figura entre los principales contribuyentes de la economía azul europea tanto en empleo como en valor añadido. Sus más de 8.000 kilómetros de costa concentran puertos estratégicos, infraestructuras logísticas, turismo internacional y un número creciente de proyectos relacionados con energías renovables marinas y tecnología aplicada al mar.
Barcelona, en particular, intenta consolidarse como uno de los polos mediterráneos de esta transformación. El Ayuntamiento y Barcelona Activa impulsan desde hace años una estrategia específica vinculada a la "blue economy" alrededor del Port Olímpic y del litoral de la ciudad. El objetivo: atraer empresas, formación especializada y proyectos tecnológicos relacionados con sostenibilidad y nuevas infraestructuras marítimas.
Alrededor de este ecosistema han ido naciendo muchas empresas y startups.
Algunas de ellas trabajan con boyas inteligentes capaces de medir parámetros de calidad del agua en tiempo real; otras como Nido Robotics desarrollan vehículos subacuáticos destinados a inspeccionar estructuras sumergidas, infraestructuras portuarias o instalaciones offshore en condiciones donde las operaciones tradicionales resultan mucho más costosas o complejas.
Parte de estas herramientas también se utilizan para controlar vertidos, seguir episodios de contaminación o anticipar alteraciones ambientales antes de que resulten visibles desde tierra.
También hay iniciativas orientadas a conectar el sector marítimo con perfiles tecnológicos y nuevas generaciones, como BluePath , centrada en divulgación y formación vinculadas al ámbito marítimo.
Buena parte de estas tecnologías ya forman parte de la infraestructura continental. En algunos puertos europeos, sistemas basados en algoritmos permiten ordenar mejor el tráfico marítimo y reducir tiempos de espera de los buques, algo que tiene impacto directo sobre costes logísticos y emisiones.
En acuicultura, los sistemas de monitorización ayudan a controlar oxígeno, salinidad o temperatura del agua para reducir mortalidad y optimizar producción.
Invertir en todas las vertientes de la economía azul hoy es estratégico y una necesidad global, con el 40 % de la población mundial viviendo en áreas próximas a la costa. También con buena parte de las infraestructuras críticas dependiendo directa o indirectamente del mar, desde el comercio internacional hasta los cables submarinos que transportan datos digitales entre continentes.
A todo ello se suma el impacto creciente de fenómenos extremos, erosión litoral y aumento de la temperatura del agua en numerosas zonas mediterráneas.
En ese escenario, la inteligencia artificial empieza a desempeñar un papel cada vez más central, porque automatiza procesos y genera modelos predictivos. Pero también porque permite gestionar mejor territorios especialmente sensibles desde el punto de vista económico y ambiental.
El caso del Mar Menor resulta especialmente significativo porque combina varias capas de información a la vez: imágenes espaciales, análisis estadístico y aprendizaje automático aplicado a series temporales de casi diez años.
Ese sistema permite detectar anomalías, seguir tendencias y localizar áreas sensibles sin depender exclusivamente de campañas de muestreo puntuales.
En países como España, donde buena parte de la actividad productiva depende del litoral, interpretar correctamente y con antelación los datos sobre la salud de las costas empieza a convertirse en una cuestión estratégica.