DESARROLLO PERSONAL
El lenguaje también es inclusivo: cómo hablar del deporte paralímpico

Artículo
La ley de Gresham explica por qué tendemos a gastar el dinero viejo y guardar el nuevo en nuestro día a día
Tiempo de lectura | 3 min.

Vas a pagar la compra, sacas tu cartera y te encuentras con dos billetes de 50 euros. Uno de ellos está totalmente nuevo, parece recién salido de la imprenta. El otro tiene algunos signos de desgaste, incluso alguna pequeña rotura. ¿Qué billete usarías para pagar?
Tu respuesta más probable es “el que está más viejo”. Esto lo tenía ya muy claro el financiero y comerciante Sir Thomas Gresham en el siglo XVI: la ley de Gresham describe nuestra tendencia a gastar la moneda mala y atesorar la buena.
La ley de Gresham se resume en una frase: “el dinero malo acaba por expulsar al bueno ”. Puede parecer un contrasentido, pero nada más lejos de la realidad: no es que el dinero bueno se pierda a causa de este comportamiento, sino que se tiende a acumular.
Sir Thomas Gresham observó que los consumidores solían pagar con moneda que consideraban de baja calidad, mientras que guardaban la buena para, entre otras cuestiones, fundirla en lingotes.
Parece ser que este comerciante no pretendía enunciar ninguna ley y ni siquiera fue el primero en darse cuenta de que ocurría. Sin embargo, este fenómeno se conoce como “ley de Gresham”: así lo sugirió en el siglo XIX un economista llamado H.D. Macleod y así se ha seguido denominando incluso en el ámbito académico.
La ley de Gresham es la que explica, en cierto modo, por qué guardas el billete nuevo y gastas el roto: confías en que el billete con mejor aspecto conservará mejor su valor, ya sea porque crees que durará más tiempo, ya sea porque te dará menos problemas cuando necesites utilizarlo más adelante.
Los usos del dinero son muy diversos. Se puede utilizar como medio de intercambio doméstico para pagar por bienes o servicios, pero también para el intercambio de divisas o incluso como depósito de valor.
Esto provoca que la ley de Gresham se manifieste también de maneras diversas.
Cuando dos monedas con el mismo valor nominal coexisten, pero una de ellas alcanza un mayor valor intrínseco, esta última tenderá a desaparecer de la circulación. Esto es lo que ocurrió exactamente con las monedas de 100 pesetas que se acuñaron en España entre 1966 y 1970.
Estas piezas contenían unos 15,2 gramos de plata pura, en un momento en el que el precio de este metal se disparó. Así que los ciudadanos empezaron a guardar estas monedas como valor refugio: su valor intrínseco —es decir, el de la plata que contenían— superaba el valor que mostraba su acuñación.
En su lugar, utilizaban los billetes de 100 pesetas para pagar sus compras cotidianas. El dinero “malo” acabó por expulsar al bueno: el Gobierno decidió retirar de la circulación las monedas de plata en 1975.
Otro ejemplo de la ley de Gresham se observa en ocasiones en países donde conviven dos divisas como medios de pago. Concretamente, cuando las autoridades deciden fijar el tipo de cambio de su moneda respecto a la extranjera en una proporción que no se corresponde con el tipo de cambio efectivo del mercado.
En estos casos, la moneda cuyo precio se establece por debajo del de mercado —normalmente la extranjera— dejará de circular, mientras la otra seguirá en circulación.
¿Contradice esto el principio de que “dinero malo expulsa al bueno”? En absoluto: los ciudadanos preferirán la moneda devaluada en su país porque su valor en los mercados internacionales, o incluso su tipo de cambio en el mercado negro, será muy superior al establecido oficialmente, que es el que se utilizará para las compras cotidianas dentro del país.
Esto conducirá a los ciudadanos a acaparar la moneda extranjera, que mantendrá su precio o incluso lo incrementará en los mercados de divisas. En cambio, usarán la moneda realmente más débil —en este caso, la local— para el comercio doméstico, desplazando a la extranjera de la circulación en el país.
Esto ha ocurrido recientemente en países tan diversos como Argentina, Sri Lanka o Bangladés, donde conviven monedas locales con dólares estadounidenses.
Volvemos ahora al ejemplo del principio: tendemos a guardar las monedas y los billetes más nuevos o con mejor apariencia frente a los peor conservados.
Esto no es un hábito moderno: un análisis de monedas españolas del siglo XIX concluyó que las que llegaron hasta nuestros días cumplían la ley de Gresham.
En este caso, la ley de Gresham muestra su aspecto más psicológico, ya que se fundamenta en gran medida sobre la percepción que tenemos de la calidad de una moneda.
Al fin y al cabo, el propio mercado numismático aprecia considerablemente las monedas y billetes bien conservados sobre los que presentan algún desperfecto, por inapreciable que parezca. Se trata de una expresión más de un comportamiento que, como hemos visto, viene de lejos.