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De las aulas a las empresas, esta práctica se ha consolidado como un formato intensivo que mezcla reto, aprendizaje y prototipado
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¿Qué significa la palabra hackathon? Enseguida la mente va hacia el mundo de la informática y, en particular, del universo hacker.
Sin embargo, un hackathon puede reunir a estudiantes, diseñadores, perfiles de negocio, expertos de un sector concreto, docentes, investigadores o empleados de una empresa para trabajar contrarreloj, como en una maratón, sobre un desafío bien definido.
La idea es concentrar talento, tiempo y método para pasar de la intuición al prototipo, o al menos a una solución defendible, en un plazo muy breve. Se utiliza tanto en entornos empresariales, especialmente en startups, como universitarios, aunque su aplicación es mucho más amplia.
Una revisión sistemática publicada en Frontiers in Education analizó 37 estudios sobre hackathons en contextos estudiantiles entre 2014 y 2024 y concluyó que este formato ya funciona como herramienta pedagógica multidisciplinar.
Según ese trabajo, los hackathons educativos más frecuentes son los curriculares, que representan el 48,6% de los casos revisados; les siguen los temáticos o especializados, con un 32,4%, y los cívicos o sociales, con un 13,5%.
El mismo estudio identifica como marcos metodológicos más habituales el design thinking, las metodologías ágiles y el aprendizaje basado en retos.
También subraya que los resultados más consistentes están relacionados con el desarrollo de habilidades, la satisfacción de los participantes y el impacto socioeducativo.
Un hackathon suele durar entre un día y tres jornadas en los programas universitarios, aunque en otros contextos puede extenderse entre 24 y 72 horas.
La clave no está tanto en la duración como en la estructura: se plantea un desafío, se forman equipos, intervienen mentores, se trabaja con una cierta presión de tiempo y, al final, se presenta una propuesta ante un jurado o ante la organización promotora.
Precisamente la presencia de mentores académicos y profesionales, junto con la colaboración de entidades externas que aportan problemas reales, es lo que le da consistencia a esta práctica formativa.
Un hackathon obliga a aprender haciendo, ya que, en lugar de limitarse a una explicación teórica, el participante tiene que ordenar ideas, negociar con otros, repartir tareas, tomar decisiones con información incompleta y convertir una intuición en algo visible.
Un estudio sobre un hackathon universitario de blockchain, organizado por la Universidad de Belgrado junto con la Universidad de Florida, analizó esta dimensión educativa y se centró en la percepción de estudiantes y docentes sobre la adquisición de conocimientos, la motivación y la utilidad del formato.
Sus autores concluyen que el hackathon funciona como enfoque educativo para desarrollar competencias, y subrayan la importancia de medir sus resultados para entender mejor su impacto.
La práctica resulta tan útil en la formación porque activa habilidades que el mercado laboral demanda de manera constante y que no siempre se entrenan con la misma intensidad en el aula: gestión de proyectos, trabajo en equipos multidisciplinares, comunicación, adaptabilidad tecnológica y capacidad para moverse en contextos ambiguos.
Además, este tipo de eventos alteran el contexto habitual. Durante unas horas cambian los ritmos, se reducen distancias jerárquicas, circulan perspectivas distintas y se genera un nivel de concentración que rara vez aparece en la rutina.
En el ámbito universitario, el valor del hackathon está en tender un puente entre formación y realidad profesional. Esa conexión favorece el intercambio interdisciplinar, da visibilidad a las entidades colaboradoras y permite que el aprendizaje salga del aula sin perder rigor ni exigencia.
En las empresas, el interés suele ser doble. Por un lado, sirven para activar innovación en muy poco tiempo: probar una idea, repensar un proceso, mejorar la experiencia de cliente, explorar aplicaciones de la inteligencia artificial o desbloquear proyectos que llevan meses sin avanzar. Por otro, permiten observar talento en acción.
Un currículum cuenta solo una parte de la historia; un reto de ocho, veinticuatro o cuarenta y ocho horas cuenta otra, igual de relevante.
Los hackathons favorecen la colaboración transversal, ayudan a romper silos y pueden convertirse en espacios de recruiting y de generación de proyectos piloto, algo difícil de capturar en un CV.
La expansión internacional del formato también da una pista sobre su capacidad de adaptación. UNESCO , por ejemplo, lleva años utilizando hackathons juveniles para abordar retos ligados a la alfabetización mediática y digital.
En su edición de 2025 participaron más de 1.200 equipos de 138 países, y el organismo define el hackathon como un espacio para aprender, colaborar y diseñar soluciones prácticas y escalables a problemas contemporáneos.
Ahora bien, el éxito real de un hackathon depende de la calidad de la pregunta inicial, la claridad de la dinámica y la existencia de un seguimiento posterior. Sin ese recorrido, el valor generado tiende a diluirse. El hackathon funciona mejor cuando forma parte de un proceso más amplio.
Un hackathon así pensado y ejecutado concentra una ambición que hoy comparten la educación y la empresa: aprender más deprisa sin sacrificar profundidad, colaborar mejor sin perder rigor y convertir problemas difusos en propuestas concretas.
En un contexto saturado de discursos sobre innovación, esa combinación de presión, método y realidad tiene una virtud poco frecuente: obliga a demostrar.