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Por qué necesitamos más científicas con Premio Nobel

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El efecto Matilda explica por qué estas grandes científicas fueron brillantes y, aunque se merecían el Nobel, no lo ganaron
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No hay un peldaño más alto más en la carrera de un científico que un Premio Nobel. Desde que comenzaron a otorgarse en 1901, estos galardones han distinguido a más de 1.000 personas por sus contribuciones en los campos de la Química, Física, Literatura, Paz, Fisiología o Medicina y Economía. De ellas, 911 eran hombres frente a solo 67 mujeres .
Detrás de esta diferencia existen diversos motivos. Uno de los más obvios es la escasa presencia de mujeres en el mercado laboral, especialmente en la investigación de élite y las posiciones de liderazgo, durante buena parte del siglo XX.
Sin embargo, hay otras razones menos evidentes, como el borrado o eclipse que han experimentado muchas mujeres pese a sus logros. Este fenómeno tiene un nombre: el efecto Matilda.
Con motivo del Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, que se celebra el 11 de febrero, hablaremos de tres científicas que debieron recibir el Nobel, como lo hizo la conocida Marie Curie en dos ocasiones.
✨Os dejamos esta lectura de #Alfa64 para este domingo:
— Consejo de Seguridad Nuclear (@CSN_es) January 25, 2026
��Rosalind Franklin, pionera en cristalografía de #RayosX y clave para desvelar la doble hélice del #ADN, revolucionó también el estudio de los virus.
�� https://t.co/zuiJqEx43s pic.twitter.com/PzcH2m9jWa
Cuando pensamos en el ADN, se nos viene a la cabeza su aspecto helicoidal. Su descripción en los libros de texto suele acompañarse de una ilustración simplificada, que reproduce esta icónica forma.
Gracias a la investigación de Rosalind Franklin (1929-1958) conocemos su estructura. Este descubrimiento abrió en su día las puertas a nuevas investigaciones que nos ayudan a entender la vida y mejorar la salud.
Franklin nació en Londres y, desde un primer momento, supo que quería dedicarse a la ciencia. Seguramente le parecería una de las profesiones del futuro para mujeres en aquel entonces. En su caso, sin duda, lo fue: desde la cristalografía se convirtió en una pionera de la genética, uno de los campos de estudio más punteros hoy en día.
Tras realizar sus estudios de química en la Universidad de Cambridge y pasar por distintos laboratorios, culminó su trabajo como cristalógrafa de rayos X en el King’s College.
Su disciplina analizaba la dispersión de la luz sobre platos fotográficos, que permitiría discernir estructuras moleculares hasta entonces imperceptibles.
En 1952, Franklin y su alumno Raymond Gosling tomaron la Fotografía 51, que pasará a la historia como la primera imagen en desvelar la estructura del ADN. Además, la investigadora realizó cálculos de disposición de elementos, junto a precisas descripciones que acompañaban al hallazgo.
Franklin terminó abandonando el King’s College. Sufrió limitaciones habituales para las mujeres de su época en el mercado laboral, como no tener derecho a usar la sala común de café y descanso de su departamento, además de ser excluida del debate científico y su trabajo, despreciado .
Dos de sus compañeros en el King’s College, James Watson y Francis Crick, llevaban a cabo investigaciones independientes. A través de un colega común, Wilkins, consiguieron la Fotografía 51 y las investigaciones de Franklin, que fueron base de su publicación en Nature de 1953 «Una estructura para el ácido desoxirribonucleico» . Firmada por ellos, supuso una revolución en el ámbito científico.
Watson, Crick y Wilkins vieron su trabajo recompensado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1962. Franklin no llegaría a presenciarlo, ya que falleció en 1958. Por supuesto, ni Watson, ni Crick, ni Wilkins reconocieron la aportación de Franklin ni valoraron su descubrimiento.
Photograph 51 es el título de una obra de teatro de 2015 que cuenta la historia de Franklin, estrenada en Londres con Nicole Kidman como protagonista. Esta pieza ha ayudado a rehabilitar de cara al público la figura de una mujer brillante a la que se le negó el reconocimiento en vida.
Lise Meitner, fue la científica que descubrió la fisión nuclear. Sin embargo, fue su compañero de investigación, Otto Hanh, quien recibió el Premio Nobel en 1944. pic.twitter.com/0JUQMI9lZZ
— RelatandoHistoria (@relatandohisto1) November 13, 2020
Aunque parezca aventurado referirse a Lise Meitner (1878-1968) como «la Marie Curie austriaca», la cita textual es de Albert Einstein, a quien es complicado enmendar. Meitner es responsable, junto a Hahn y Fritch (su sobrino), del descubrimiento de la fisión nuclear en 1938, un hallazgo fundamental en el siglo XX.
Meitner nació en Viena. Mostró gran determinación en sus estudios a pesar de las dificultades que suponía ser niña y mujer en la época, ya que tenían el acceso vetado a los institutos de secundaria.
Siguiendo clases particulares consiguió acceder a la universidad. En 1906 fue la primera mujer en doctorarse en la Universidad de Viena y la segunda en el mundo en obtener un doctorado en Física.
Durante sus años en Berlín, se le permitió asistir a clases, pero como investigadora no podía acceder a la universidad, así que lo hacía a través de un local adyacente. Tampoco podía usar los baños, por lo que debía frecuentar un local de hostelería cercano.
En muchas de sus investigaciones, Meitner no recibió salario, a diferencia de sus colegas hombres. Durante 30 años, investigó junto a su amigo Hahn los efectos del bombardeo de átomos.
A finales de los años 30, consiguieron provocar la fisión, aunque solo posteriormente Meitner identificó el proceso, entendiendo la trascendencia del hallazgo y abriendo el camino a la reacción en cadena.
En 1939 Hahn publicó en Nature los resultados de la investigación, omitiendo a Meitner en la autoría. En 1944, fue Hahn el receptor del Nobel de Química por este artículo, escatimando a Meitner la distinción.
Hahn siempre alegó que en la Alemania nazi no le hubieran permitido publicar un artículo coescrito con una mujer judía. Meitner nunca quiso participar en el diseño de la bomba atómica y siempre lamentó su invención, aunque con el desarrollo de la energía nuclear su contribución comenzó a ser reconocida por el público general.
El 6 de enero de 1921 nace la bioquímica Marianne Grunberg-Manago. Descubrió, con Severo Ochoa en su laboratorio en Nueva York, la enzima polinucleótido fosforilasa (ahora conocida como RNA polimerasa). pic.twitter.com/IhuNBCasba
— Hidden Nature (@HiddenNatureYT) January 6, 2023
Otra damnificada del efecto Matilda es la responsable de uno de los mayores avances en la biología molecular del siglo XX, en concreto sobre mecanismos que rigen la biosíntesis de las proteínas. Gracias a su legado cualquier laboratorio puede disponer de ADN o ARN a día de hoy.
Hablamos de Marianne Grunberg-Manago (1921-2013), nacida en San Petersburgo, criada en Francia y alumna posdoctoral de Severo Ochoa. Grunberg-Manago formaba parte del equipo que identificó la polinucleótido fosforilasa.
Fue ella la que observó y describió cómo la nueva enzima catalizaba las unidades básicas que componen los ácidos nucleicos.
Este hallazgo fue recibido con sorpresa por sus colaboradores, incluido Severo Ochoa, que desarrolló nuevos experimentos con Grunberg-Manago para confirmar este decisivo descubrimiento, la sintetización de ARN in vitro gracias a una enzima, que otro miembro del equipo, Arthur Kornberg, consiguió refinar.
En 1955, Grunberg-Manago y Severo Ochoa presentaron ante el público científico su logro en varios congresos y publicaron cada uno un artículo en Journal of the American Chemical Society y Science con sus resultados.
Sin embargo, en 1959, la Academia sueca otorgó a Severo Ochoa y Kornberg el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, dejando fuera del reconocimiento a Grunberg-Manago.
La lista de damnificadas por el efecto Matilda es extensa, pero la concienciación en diversidad de las instituciones va en aumento.
Así se refleja en el propio ritmo al que las mujeres van recibiendo el premio Nobel y que, poco a poco, se va acelerando: en los últimos 25 años, hasta 38 mujeres han sido distinguidas con alguno de estos galardones, más que en todo el siglo XX.
Entre las más recientes se encuentran científicas con carreras ampliamente reconocidas como Katalin Kirikó o Mary E. Brunkow en Medicina, así como Anne L’Hullier en Física.
Sus logros son clave en avances que mejoran nuestras vidas, como la vacuna de la COVID, el desarrollo de tratamientos contra enfermedades autoinmunes o la comprensión del funcionamiento de los electrones.
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