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Sofía Osborne: cuando el liderazgo femenino toma el ruedo

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El avance económico y laboral de las mujeres se ha convertido en una variable clave del crecimiento mundial. Estas son las razones
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Cuando cambia quién trabaja, quién consume y quién decide, cambia también el PIB. En la última década, especialmente tras la pandemia, el peso de las mujeres en el empleo, en la generación de ingresos y en la toma de decisiones empresariales y financieras ha seguido creciendo, aunque de forma desigual según países y sectores.
A este conjunto de transformaciones se le suele llamar She-conomy: un marco interpretativo para entender cómo la mayor participación económica femenina influye en la capacidad productiva de las economías.
El Global Gender Gap Report 2025 del Foro Económico Mundial (FEM) indica que, a escala global, se ha cerrado el 68,8 % del gap de género. Esto significa que el mundo se sitúa todavía a más de 30 puntos de la paridad plena.
El avance es real, pero desigual, y el principal retraso se concentra precisamente en la dimensión económica, mientras que ámbitos como la educación y la salud se acercan ya a la paridad.
Según datos de Nielsen, las mujeres controlan en torno a 31,8 billones de dólares de gasto a nivel global y ejercen influencia sobre el 70–80 % de las decisiones de consumo.
Como el consumo privado es uno de los principales componentes del PIB, este desplazamiento en quién decide qué se compra y cómo se compra tiene un impacto directo sobre la estructura de la demanda agregada.
A ello se suma otro elemento central de la She-conomy: el control del capital. Un análisis de McKinsey muestra que las mujeres gestionan aproximadamente un tercio de los activos financieros globales, una proporción que ha crecido más rápido que el conjunto del mercado.
La brecha no atañe solo a cuántas mujeres trabajan, sino también a cómo se canalizan los recursos financieros.
Parte del capital controlado por mujeres no se transforma plenamente en inversión productiva, lo que apunta a una ineficiencia en la conexión entre ahorro e inversión. Esto refuerza la idea de economías que crecen por debajo de su potencial por problemas de asignación, no por falta de recursos.
En definitiva, para funcionar a pleno rendimiento, la She-conomy necesita el empuje de cuatro motores.
El primer motor es el mercado laboral. Según el FEM, las mujeres representan el 41,2 % de la fuerza laboral global. La cifra confirma una incorporación progresiva, pero también una brecha persistente en varios aspectos que lastra el potencial de esta tendencia.
Desde una perspectiva macroeconómica, esta diferencia implica menos horas trabajadas, menor base fiscal y una parte del capital humano infrautilizada, un efecto especialmente relevante y negativo en economías envejecidas.
El segundo motor es el marco normativo e institucional. El FEM señala que la brecha en “participación económica y oportunidades” apenas se ha cerrado en torno al 61 %.
Esta distancia refleja barreras legales, organizativas y culturales que condicionan el acceso al empleo, a la promoción y a los recursos productivos, actuando como fricciones estructurales que limitan el crecimiento potencial.
El tercer motor es la formación. En muchos países, las mujeres han superado a los hombres en niveles de educación formal, pero esa inversión no se traduce de forma proporcional en posiciones de responsabilidad.
El informe indica que solo el 29,5% de los directivos sénior con educación terciaria son mujeres, un desajuste que afecta directamente a la productividad y al retorno de la inversión educativa.
El cuarto y último motor es la toma de decisiones económicas. La presencia femenina en la alta dirección ha aumentado, pero sigue siendo limitada: en 2024, las mujeres ocupaban el 28,1 % de los puestos de top management a nivel global, según el FEM.
Aunque la presencia de mujeres CEO ha crecido, continúa siendo minoritaria.
El vínculo entre She-conomy y crecimiento se entiende a través de los mecanismos básicos del PIB. El producto interior bruto aumenta cuando crecen las tasas de actividad, mejora la productividad y se reduce el desaprovechamiento del capital humano y financiero.
Por eso, el impacto varía según el PIB de los países del mundo: allí donde la participación femenina es baja, el margen de crecimiento es mayor. Sin embargo, en economías avanzadas, el reto se desplaza hacia la calidad del empleo y el acceso a sectores de alto valor añadido.
En este contexto, el Global Gender Gap Report aporta otro dato revelador: las mujeres son el 55,2 % más propensas que los hombres a interrumpir su carrera profesional y, cuando lo hacen, sus pausas son más largas.
Esta realidad, ligada al peso del trabajo de cuidados, actúa como un freno silencioso a la productividad, pero también señala un ámbito donde políticas adecuadas pueden tener un impacto económico directo.
La tendencia actual apunta que el crecimiento de los próximos años se concentrará en ámbitos intensivos en conocimiento, donde se deberían encontrar las profesiones del futuro para mujeres: tecnología digital, datos, salud avanzada, transición energética y finanzas. Son precisamente aquellos donde la brecha de género sigue siendo más persistente y donde se genera mayor valor añadido.
La She-conomy describe, en definitiva, una transformación estructural del sistema productivo. Allí donde avance, el PIB reflejará ese cambio; donde no, el coste será una economía que continúa creciendo por debajo de su potencial.
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