Los cuidados pueden cambiar el presupuesto de jubilación. Prever escenarios permite afrontar la dependencia sin improvisar
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El coste de los cuidados en la jubilación depende de la intensidad de la atención y de cuánto tiempo sea necesaria. Para prepararlo, conviene calcular los ingresos disponibles después de los gastos habituales y simular varios escenarios, desde mantener la autonomía hasta necesitar atención residencial. Las ayudas públicas solo deberían incorporarse al presupuesto cuando hayan sido reconocidas.
Al pensar en la jubilación, es habitual calcular la pensión, revisar los ahorros o estimar cuánto costará mantener el nivel de vida. Sin embargo, hay otra partida capaz de transformar por completo ese presupuesto: los cuidados que una persona podría necesitar si pierde autonomía.
No todo el mundo necesitará asistencia, ni quienes la necesiten recibirán el mismo tipo de apoyo o durante el mismo tiempo. Los gastos pueden ir desde unas horas de ayuda a domicilio hasta una atención continuada o el traslado a una residencia.
Precisamente por esa incertidumbre, es importante planificar los cuidados para la jubilación. Esta tarea no consiste en acertar una cifra exacta, sino en preparar varios escenarios y disponer de margen para responder.
Una persona que cumple 65 años puede esperar vivir, de media, cerca de los 85 años, si es hombre, y de los 89, si es mujer, según las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE) . Esto dibuja una jubilación que puede prolongarse durante dos décadas o más.
Durante los primeros años, la jubilación suele relacionarse con una vida activa, marcada por el ocio, los viajes o los proyectos personales. Más adelante pueden surgir necesidades distintas: ayuda para realizar tareas domésticas, compañía, atención personal o apoyo para actividades básicas.
Esto no significa que la dependencia sea inevitable. Sergi Jiménez, investigador asociado de Fedea, señala en este episodio de Finanzas con EFE que una gran mayoría de la población llega a edades avanzadas en condiciones aceptables y sin una situación de dependencia. Aun con todo, es necesario planificar financieramente el futuro.
No es posible saber con exactitud qué asistencia necesitará una persona ni durante cuánto tiempo, pero sí es posible preparar, al menos, tres escenarios:
En cada escenario deben calcularse cuatro elementos:
También debe introducirse la duración: un gasto mensual aparentemente asumible puede representar una cantidad considerable si se mantiene durante varios años.
La principal fuente de ingresos durante la jubilación suele ser la pensión, pero esta cantidad no puede destinarse íntegramente a los cuidados porque deben mantenerse gastos como la vivienda, la alimentación, los suministros y otras necesidades.
Y aquí es donde está el reto: la capacidad real de cada jubilado dependerá del tipo de pensión que cobre, los gastos ordinarios que tenga, la existencia de otros ingresos para complementar la pensión, el ahorro acumulado, el patrimonio y los apoyos reconocidos.
Una forma práctica de comenzar a prepararse económicamente para cuando el cuidado sea imprescindible es realizar el cálculo anual de dinero, incluyendo las pagas extraordinarias, y distribuir después el resultado por meses. El margen para los cuidados será la diferencia entre los ingresos disponibles y los gastos habituales que se mantienen.
El coste de la dependencia y de los cuidados en la jubilación depende fundamentalmente de la intensidad y la duración de la ayuda.
Cuando la dependencia es severa y exige cuidados durante todo el día, el coste para la familia puede ser muy elevado. Ese impacto puede adoptar dos formas: un desembolso económico para contratar atención formal o un coste en tiempo cuando los cuidados recaen sobre la pareja u otros familiares.
Según el informe de precios 2026 de Inforesidencias, una plaza en una residencia privada cuesta de media 2.153,52 euros al mes sin IVA. Al añadir el 10 % de IVA aplicable a las plazas privadas, el importe medio asciende a unos 2.368,87 euros mensuales, alrededor de 28.426 euros al año.
Este estudio, que analiza 1.288 residencias y 140.728 plazas, muestra también diferencias territoriales: no es lo mismo tener que abonar una residencia en el País Vasco (2.750 euros al mes) que en Extremadura (1.750 euros al mes).
El ingreso en una residencia no siempre elimina los gastos del hogar. Si uno de los miembros de una pareja se traslada a un centro y el otro continúa viviendo en casa, la familia debe sostener simultáneamente el coste residencial y los gastos de la vivienda habitual.
En este contexto, una alternativa que puede valorarse es buscar centros residenciales que permitan a la pareja continuar conviviendo, aunque solo uno de sus miembros necesite cuidados.
En España, el Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia (SAAD), regulado por la Ley 39/2006 , contempla servicios y prestaciones económicas para las personas con una situación de dependencia reconocida.
Entre ellos se encuentran la teleasistencia, la ayuda a domicilio, los centros de día y de noche, la atención residencial, la asistencia personal y distintas prestaciones económicas.
Para acceder a estos apoyos es necesario solicitar el reconocimiento de la situación de dependencia ante el organismo competente de la comunidad autónoma de residencia. Después de la valoración, la Administración determina el grado reconocido y los servicios o prestaciones que correspondan.
Pero el apoyo público no implica necesariamente que el servicio sea gratuito. Existen opciones de copago, en las que el usuario tiene que hacer una aportación a un servicio financiado parcialmente con recursos públicos. En estos casos, habrá que tener en cuenta la capacidad económica de la persona, el servicio recibido y su coste.
Por eso, una planificación prudente no debería contabilizar una ayuda pública no reconocida como si fuera un ingreso seguro. Primero debe conocerse la modalidad de atención asignada y, después, calcular qué parte del coste deberá asumir el hogar.
El coste de los cuidados afecta a dos generaciones: a la persona que necesita asistencia y a quien modifica su vida laboral para proporcionársela.
Acompañar a consultas, organizar horarios o ayudar en las actividades cotidianas exige tiempo y, en algunos casos, la persona cuidadora reduce su jornada, rechaza oportunidades laborales o interrumpe temporalmente su actividad. Esto puede reducir sus ingresos presentes, su capacidad de ahorro y su futura jubilación.
Sergi Jiménez defiende avanzar hacia una atención más formal, prestada por profesionales e instituciones, porque puede liberar recursos familiares para el conjunto de la economía. En este caso es aconsejable distribuir las tareas, acordar aportaciones y evitar que toda la responsabilidad recaiga sobre una sola persona.
La planificación de los cuidados no es únicamente una operación financiera. También requiere conversar sobre dónde quiere vivir la persona, qué tipo de atención prefiere y qué patrimonio desea preservar.
Hablar con tiempo permite que la familia conozca esas preferencias, distribuya responsabilidades y estudie los recursos disponibles sin la presión de una necesidad inmediata.


