Cuando la escasez de agua deja de ser una cuestión ambiental y empieza a alterar precios, crédito y valor de los activos
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Estamos acostumbrados a considerar el estrés hídrico sobre todo como una cuestión de sequías, embalses, regadíos o planificación territorial. Un problema serio, desde luego, pero que no parece influir directamente en nuestro bolsillo o las cuentas de las empresas.
Sin embargo, en un país como España, donde la disponibilidad de agua condiciona la agricultura, la industria, el turismo, el precio de los alimentos y el valor de determinados activos, la presión sobre los recursos hídricos es un elemento que determina la estabilidad económica y financiera.
La subgobernadora del Banco de España, Soledad Núñez, lo ha dicho con claridad: el agua ya no puede entenderse solo como un recurso natural sometido a los ciclos climáticos, sino como un activo estratégico y, al mismo tiempo, como una fuente potencial de riesgo crediticio y financiero.
Eso quiere decir que, cuando una sequía prolongada reduce rendimientos agrícolas, encarece insumos, tensiona cadenas logísticas o deteriora la actividad de sectores enteros, el impacto acaba llegando a los balances empresariales, a la capacidad de repago y a la calidad del crédito.
Según el Banco Central Europeo , el 72% de las empresas de bienes y servicios no financieros y el 75% de los préstamos del área del euro dependen de al menos un servicio ecosistémico, y una parte sustancial de esa dependencia se concentra en el agua.
Cuando esa dependencia se combina con fenómenos como sequías persistentes, olas de calor o alteraciones en los ciclos hidrológicos, se generan riesgos compuestos que se amplifican entre sí. Estos riesgos se propagan con rapidez entre sectores, afectan a la producción, alteran precios y terminan impactando en el sistema financiero.
En España, esa transmisión es especialmente relevante. De hecho, el peso del sector agroalimentario, la exposición de determinadas regiones al estrés hídrico estructural y la creciente frecuencia de episodios extremos sitúan el agua en el centro del análisis económico.
El propio Banco de España advierte de que los shocks de escasez hídrica pueden generar pérdidas económicas superiores a las derivadas de fenómenos climáticos aislados, precisamente por su carácter multisectorial y por la velocidad con la que se transmiten.
Las sequías severas ya han mostrado su capacidad para presionar al alza el precio de los alimentos y prolongar episodios inflacionistas.
A la vez, determinados sectores como la agricultura, la alimentación, el turismo o parte de la industria ven cómo su exposición al riesgo hídrico se traduce en una mayor vulnerabilidad financiera.
De hecho, revela el Banco de España, alrededor del 20% de los préstamos bancarios está vinculado a actividades sensibles a la degradación y la calidad del agua.
Esta realidad implica también la necesidad de integrar el estrés hídrico en la evaluación de riesgos con la que se identifican vulnerabilidades y se anticipan escenarios.
Hacen falta datos detallados sobre cuencas, acuíferos, usos del suelo o patrones productivos, y organismos como la OCDE o el propio BCE ya han señalado la necesidad de mejorar la calidad, granularidad y comparabilidad de estos datos para integrarlos de forma efectiva en modelos macroeconómicos y pruebas de resistencia.
Bancos centrales y supervisores avanzan en el desarrollo de escenarios que combinan variables climáticas y económicas, capaces de simular el impacto de una escasez hídrica prolongada sobre distintos sectores.
Por su parte, el sistema financiero privado ha empezado a incorporar estos elementos en sus procesos de análisis y toma de decisiones, estudiando la forma de contribuir a mejorar las condiciones del sistema.
Dentro de la cartera identificada para la emisión de bonos verdes, a través del Marco de Financiación Sostenible, CaixaBank ha financiado con 450 millones de euros proyectos relacionados con la gestión sostenible del agua, equivalentes al tratamiento anual de 124 millones de metros cúbicos, que forman parte de la movilización en finanzas sostenibles de la entidad.
Esta línea de actuación conecta directamente con la necesidad de canalizar capital hacia soluciones que reduzcan la vulnerabilidad hídrica de la economía. La entidad ha integrado la gestión del agua en su propia operativa interna, con medidas de medición, seguimiento y reducción del consumo, que ha disminuido más de un 45% desde 2022.
Al mismo tiempo, a través de AgroBank , CaixaBank impulsa instrumentos financieros y programas de innovación orientados a mejorar la eficiencia en el uso del agua en el sector agroalimentario, uno de los más expuestos en España.
Invertir en eficiencia hídrica, en tecnologías de reutilización o en digitalización del riego es una forma de reducir riesgos, estabilizar ingresos futuros y mejorar la resiliencia de sectores clave para la economía del país.
El reto, sin embargo, va más allá de las decisiones individuales de entidades o supervisores. Como insiste el Banco de España, se requiere coordinación entre administraciones, empresas, comunidad científica y sistema financiero.
La planificación territorial, la innovación tecnológica, la regulación y la financiación deben avanzar de forma alineada, porque cuando esa coordinación falla, los episodios extremos tienden a amplificarse y a generar efectos persistentes sobre la economía.
El estrés hídrico funciona así como un indicador de un cambio más amplio. La frontera entre lo ambiental y lo financiero se ha vuelto más porosa, y un recurso natural como el agua, que durante décadas se consideró un bien relativamente estable, pasa a ocupar el centro del escenario económico.
Esto obliga a revisar, con urgencia y precisión, las herramientas con las que se evalúa la solidez de empresas, sectores enteros y sistemas financieros.


