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Por qué las evaluaciones y rankings ASG se han convertido en referencias clave para inversores y empresas
Tiempo de lectura | 4 min.

Durante mucho tiempo, la sostenibilidad se percibió como un elemento principalmente reputacional, bajo marcos voluntarios de buenas prácticas relativos mayormente al ámbito medioambiental. Hoy, en cambio, los factores ambientales, sociales y de gobernanza (ESG) cada vez están más regulados y forman parte de la gestión del riesgo, la estrategia, la medición de impacto, la toma de decisiones de inversión o financiación y de la competitividad de las empresas.
Ahora bien, para que la sostenibilidad tenga un impacto real en las decisiones económicas, es importante que se pueda medir y comparar con rigor. Ahí es donde entran las agencias de rating y los analistas de sostenibilidad, profesionales cuyo trabajo consiste en evaluar el desempeño de la sostenibilidad de las empresas, ordenar información compleja y convertirla en herramientas útiles para el mercado.
Muchos de los analistas de sostenibilidad trabajan en organizaciones como S&P Global, MSCI, CDP, Sustainalytics o FTSE Russell, que han desarrollado estándares para comparar estrategias, impactos, riesgos y oportunidades de sostenibilidad.
El caso es que no basta con recopilar y publicar datos: hay que interpretarlos y entender qué implican realmente para el negocio. Además, normativas como la Corporate Sustainability Reporting Directive (CSRD) europea exigen información verificada más estructurada y comparable.
No basta con recopilar y publicar datos: hay que interpretarlos y entender qué implican realmente para el negocio
Los índices de sostenibilidad y rankings ASG son herramientas utilizadas para divulgar los resultados de este trabajo analítico. Entre ellos destacan los Dow Jones Sustainability Indices, lanzados en 1999 y recientemente renombrados como Dow Jones Best-in-Class Indices. Estos selectivos se basan en la metodología Corporate Sustainability Assessment (CSA) de S&P Global, uno de los procesos de evaluación más consolidados en este ámbito.
El objetivo de índices de sostenibilidad como éste consiste en identificar qué compañías destacan por su desempeño en sostenibilidad dentro de su propio sector y su impacto va mucho más allá del reconocimiento reputacional.
Estos índices funcionan como referencias para la toma de decisiones de inversores institucionales y gestores de activos, ayudan a orientar flujos de capital hacia empresas mejor posicionadas en sostenibilidad y generan incentivos para la mejora continua de prácticas corporativas.
Una evaluación de sostenibilidad analiza cómo una organización gestiona factores que pueden afectar a su capacidad de crear valor a medio y largo plazo: políticas internas, integración de la sostenibilidad en el modelo de negocio, principales indicadores ASG de desempeño, riesgos, impactos y oportunidades relevantes y gestión de posibles controversias.
Una compañía puede anunciar objetivos ambiciosos, pero sin sistemas de gobernanza y métricas adecuadas, el impacto real será limitado. El análisis externo ayuda precisamente a identificar esa distancia entre la intención y la ejecución, algo que no siempre es fácil de ver desde dentro.
Una compañía puede anunciar objetivos ambiciosos, pero sin sistemas de gobernanza y métricas adecuadas, el impacto real será limitado
Uno de los retos más complejos es comparar empresas de sectores y realidades muy diferentes.
Para lograrlo, los analistas combinan indicadores cuantitativos —como volúmenes de inversión y de financiación, emisiones de CO2, consumo de energía y agua, cadena de suministro, brecha salarial o diversidad— con elementos cualitativos relacionados con la gobernanza, la gestión de los riesgos, los sistemas de control interno, la integración de criterios ASG en la retribución o la cultura corporativa.
Lo hacen según el concepto de doble materialidad, que consiste en identificar qué factores de sostenibilidad son realmente relevantes tanto por el impacto que la empresa genera en el entorno como por la manera en que esos mismos factores pueden afectar al propio negocio y a sus grupos de interés.
De hecho, no todos los temas pesan igual en todas las industrias. En una entidad financiera, por ejemplo, la gestión del riesgo climático o las políticas de financiación y de inversión pueden ser más determinantes que el consumo directo de energía, mientras que en sectores industriales ocurre lo contrario.
Las metodologías ajustan esas diferencias mediante ponderaciones específicas y escalas homogéneas.
La información analizada procede de múltiples fuentes: reportes corporativos, datos regulatorios, plataformas de divulgación climática como CDP, información pública webs corporativas, publicación en medios y seguimiento de controversias. Además, las metodologías pueden diferir entre proveedores, dando resultados distintos, y la calidad depende de la transparencia y verificación de los datos.
El resultado final puede no ser heterogéneo entre unos analistas y otros, pero sí es suficientemente consistente para permitir que bajo un mismo analista se puedan hacer comparaciones útiles entre compañías y a lo largo del tiempo.
Una vez más, estas evaluaciones influyen en decisiones muy concretas: de inversiones o financiación, diseño de productos financieros o integración de riesgos no financieros en los análisis tradicionales.
Para las empresas, esto puede traducirse en mejores condiciones de financiación, mayor confianza de los inversores, una cadena de valor más resiliente o una mejor capacidad para anticipar cambios regulatorios. También tienen efectos internos ya que, en muchos casos, el propio proceso de evaluación obliga a ordenar y sistematizar información, identificar recorridos de mejora y prioridades y mejorar la gestión.
En el caso específico del sector financiero, la sostenibilidad afecta tanto al propio desempeño de la institución como a la evaluación de clientes y de sus propuestas de inversión o financiación de proyectos y operaciones.
Disponer de métricas comparables permite tomar decisiones mejor fundamentadas, integrar los riesgos y oportunidades ESG en los análisis financieros tradicionales y desarrollar soluciones alineadas con la transición hacia una economía sostenible.
Eso sí, una evaluación de sostenibilidad no determina si una empresa es “buena” o “mala”, ni garantiza resultados futuros. Lo que ofrece es una valoración fundamentada de cómo la organización gestiona factores ambientales, sociales y de gobernanza relevantes para la creación de valor y de impactos positivos.
Por tanto, los decisores deberían entender qué factores explican una evaluación y no limitarse a registrar una puntuación final. Hay que revisar la escala utilizada, el peso de cada dimensión y los temas más materiales para el sector.
También es útil observar la evolución en el tiempo y la gestión de controversias, que suelen ofrecer señales más reveladoras que un dato puntual. Contrastar varias fuentes aporta una visión más completa.
Los analistas de sostenibilidad son un puente entre compromisos y resultados de las empresas y las decisiones en los mercados.
Sus evaluaciones permiten identificar fortalezas y debilidades en políticas, estrategias, desempeño, riesgos y oportunidades, facilitando la comparación entre compañías y el desarrollo de productos financieros que integran sostenibilidad y rentabilidad.
En definitiva, el valor de una evaluación de sostenibilidad está en ayudar a entender cómo una compañía gestiona aquellos factores que realmente importan para generar impacto positivo y resultados sostenibles en el tiempo.