EDUCACIÓN FINANCIERA
Triple y cuádruple hora bruja: por qué los mercados se ven afectados algunos viernes por la tarde

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Obligatorios o voluntarios, estos mercados marcan el rumbo de empresas, bancos y gobiernos en la lucha contra el cambio climático
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Durante años, hablar de emisiones de carbono fue casi un ejercicio teórico, reservado a cumbres internacionales y compromisos lejanos. Hoy tiene precio, mercado y reglas propias. Y, como sucede con cualquier activo, su valor depende de la oferta, la demanda y, sobre todo, de la ambición política y climática de cada país.
Los mercados regulados de carbono mueven cientos de miles de millones de euros al año y se han convertido en una de las herramientas clave —aunque no exenta de controversia— para combatir el cambio climático. Dentro de ese ecosistema conviven dos grandes universos: los mercados obligatorios o regulados, impulsados por la ley, y los mercados voluntarios, nacidos de la iniciativa empresarial y financiera.
El principal ejemplo de mercado obligatorio es el Sistema Europeo de Comercio de Emisiones (EU ETS), en funcionamiento desde 2005. Su lógica es sencilla: la Unión Europea fija un límite máximo de emisiones para sectores intensivos en carbono —energía, industria pesada, aviación— y reparte o subasta derechos para emitir. Cada derecho equivale a una tonelada de CO₂ equivalente (CO₂e). Ese límite máximo de emisiones permitidas va reduciéndose año tras año.
Las empresas que superan su cuota deben comprar derechos adicionales; las que emiten por debajo de los derechos asignados pueden vender los excedentes. El resultado es un mercado con precios dinámicos que, en los últimos años, ha alcanzado máximos históricos cercanos a los 100 euros por tonelada en el mercado europeo. No es una cifra menor: encarece producir de forma contaminante y empuja a invertir en tecnologías más limpias.
Estos mercados regulados garantizan el cumplimiento legal de los objetivos climáticos y aportan una señal de precio clara. Pero también tienen límites: solo cubren determinados sectores y geografías, y no canalizan directamente financiación hacia proyectos concretos de reducción o absorción de carbono.
Ahí entra en juego el mercado voluntario de carbono. A diferencia del sistema regulado, aquí no hay obligación legal. Empresas, instituciones e incluso particulares compran créditos de carbono para compensar emisiones que no están cubiertas por la normativa o para avanzar hacia la neutralidad climática.
Cada crédito representa una tonelada de CO₂e absorbida, evitada o reducida gracias a un proyecto concreto: reforestación, energías renovables, eficiencia energética o tecnologías de captura. Estos proyectos están certificados por estándares internacionales independientes, como Verra o Gold Standard.
El precio se mueve en un rango muy amplio, que puede ir desde unos pocos dólares hasta varios cientos dependiendo de la tecnología, integridad o localización de los proyectos.
En la última década, el mercado voluntario ha vivido una transformación clave: la digitalización. Han surgido plataformas online que funcionan como auténticos mercados electrónicos, conectando a desarrolladores de proyectos con compradores globales.
Algunas operan como bolsas climáticas, con contratos estandarizados y elevada liquidez; otras como marketplaces que permiten elegir proyecto, país o impacto social. Tecnologías como blockchain se están explorando para mejorar la trazabilidad, evitar fraudes y asegurar que cada crédito se retire definitivamente del sistema tras su compra.
Este modelo ha contribuido a mejorar el acceso y la transparencia: hoy una multinacional, una pyme o incluso un consumidor pueden compensar emisiones en pocos clics.
El avance del carbono como activo ha atraído también a la banca. Entidades financieras actúan ya como intermediarias, estructuradores de operaciones y proveedores de infraestructuras para dar seguridad y escala al mercado.
En España, por ejemplo, CaixaBank, a través de su división CIB, ha lanzado una plataforma de compraventa de créditos de carbono diseñada para facilitar a clientes corporativos y empresas la compensación voluntaria de sus emisiones de Gases de Efecto Invernadero. La herramienta permite adquirir y vender créditos de forma sencilla, segura y transparente, con el respaldo de la entidad como punto central de coordinación e intermediación, que se encarga de la identificación de los créditos, la relación con las distintas contrapartes del mercado y la ejecución operativa de las transacciones.
Los mercados de carbono no están exentos de sombras. La calidad de algunos créditos, la volatilidad de precios o el riesgo de que se conviertan en un simple mecanismo de greenwashing siguen sobre la mesa. Los expertos coinciden en que lo primero que tienen que hacer las compañías es reducir para después compensar lo que no sea posible reducir.
Los mercados de carbono, bien diseñados y supervisados, canalizan capital privado hacia proyectos climáticos que, de otro modo, no encontrarían financiación. En un contexto de urgencia climática y recursos públicos limitados, esa función resulta difícil de ignorar.
El carbono ya tiene precio. La gran pregunta es cómo el mercado puede asignarlo de forma justa, transparente y suficientemente ambiciosa como para acelerar, de verdad, el camino hacia la transición energética y financiera.