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Reportaje
El voluntariado empresarial fortalece equipos, valores y pertenencia. El ‘Mes Social’ de CaixaBank lo demuestra
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Es una tendencia en auge. El voluntariado corporativo ha dejado de ser una acción puntual para convertirse en una herramienta estratégica que, por encima de todo, tiene un impacto social, pero también impulsa la cohesión interna y el desarrollo del talento. En un contexto, el de 2026, marcado por la declaración como Año Internacional de los Voluntarios para el Desarrollo Sostenible por Naciones Unidas, su relevancia es aún mayor.
El voluntariado corporativo vive una etapa de consolidación y crecimiento sostenido. Según el Informe Voluntare 2025 , el 93% de las organizaciones prevé ampliar sus programas en los próximos años, lo que confirma su papel como pilar estructural dentro de la estrategia empresarial. En la última década, esta práctica ha evolucionado hacia modelos cada vez más integrados en la cultura corporativa.
“El crecimiento no es casual, es estructural. El voluntariado corporativo ha pasado de ser una acción reputacional a convertirse en una palanca estratégica integrada en la empresa”, explica Juan Ángel Poyatos, fundador de la Red Voluntare. “Hoy vemos más participación, más alcance interno y más intensidad en el compromiso de los empleados”.
Este avance responde, según Poyatos, a una mayor alineación con el negocio y los Objetivos de Desarrollo Sostenible, al aumento de recursos —el 91% de las organizaciones ya cuenta con presupuesto específico— y a un respaldo creciente por parte de la dirección.
“Cada vez más empresas entienden que el voluntariado bien diseñado genera valor compartido: impacto social real y ventajas competitivas. Ya no es una tendencia, es un estándar en evolución hacia modelos más maduros, medibles y estratégicos”, añade.
En este contexto, el voluntariado corporativo se consolida como una herramienta de transformación cultural, capaz de alinear valores, fortalecer equipos y generar impacto más allá de la actividad económica de la empresa.
El caso de CaixaBank ilustra cómo estas tendencias se traducen en impacto real. En 2025, más de 19.000 empleados participaron en acciones solidarias, lo que representa el 45% de la plantilla, muy por encima de la media del sector. Este modelo combina capilaridad territorial, colaboración con entidades sociales locales y una oferta de actividades adaptadas a las necesidades de cada comunidad y a los diferentes perfiles de los beneficiarios: personas en situación de vulnerabilidad, mayores, menores de edad o personas con discapacidad.
Dentro del modelo impulsado durante todo el año por la entidad financiera, el ‘Mes Social’ de CaixaBank desempeña un papel fundamental como motor de activación interna.
Cada año, en mayo, la entidad financiera moviliza a miles de personas en toda España para generar impacto social a través del voluntariado. Durante varias semanas, empleados del Grupo, clientes y ciudadanos participan en actividades solidarias junto a entidades sociales en todo el territorio.
Más allá de su alcance, su valor reside en la experiencia que genera entre los empleados. “El ‘Mes Social’ actúa como un espacio compartido de experiencias solidarias dentro de la organización. Personas que en su día a día no trabajan juntas coinciden en una actividad de voluntariado, se enfrentan a una realidad social concreta y lo hacen desde un propósito común.
Eso genera vínculos distintos a los profesionales y refuerza la sensación de formar parte de algo más grande”, explica Jordi Pastó, director de Impacto Social y Voluntariado de CaixaBank.

El voluntariado se convierte así en una herramienta de cohesión interna que trasciende las dinámicas habituales de trabajo y refuerza el sentimiento de pertenencia.
“No se trata solo de un mensaje o de una aportación económica, es una vivencia. Ver el impacto directo que tiene la implicación de los equipos en personas y colectivos vulnerables refuerza el orgullo de pertenencia porque da sentido al ‘para qué’ del banco”, añade.
Uno de los elementos diferenciales del modelo es su capacidad para generar continuidad. “El ‘Mes Social’ no se plantea como algo puntual, sino como un impulso. Muchas personas se acercan al voluntariado por primera vez durante este mes y después continúan colaborando a lo largo del año”, señala Pastó.
Este enfoque se apoya en una estructura sólida que permite mantener la implicación a lo largo del tiempo, a través de actividades recurrentes, proyectos locales y herramientas que facilitan la participación.
“La clave está en que el compromiso social no dependa de una acción puntual o una campaña aislada, sino que esté integrado en la cultura interna del banco”.

El alto nivel de participación alcanzado por CaixaBank responde a una estrategia clara para movilizar a la plantilla y consolidar esa implicación a gran escala.
“Hay tres elementos fundamentales. El primero es ofrecer propuestas accesibles y diversas, para que cada persona pueda encontrar una causa y un formato con el que se sienta cómoda, independientemente de su disponibilidad, perfil o ubicación”, explica el director de Impacto Social y Voluntariado de CaixaBank.
Esta diversidad permite que el voluntariado se adapte a la realidad de cada empleado, facilitando que la participación sea natural y sostenida en el tiempo. Pero, además, el impacto juega un papel clave.
“El segundo es poner el foco en el impacto real. Cuando las personas entienden claramente para qué sirve su tiempo, a quién ayudan y qué cambia gracias a su participación, la implicación es mucho mayor”.
A ello se suma una comunicación interna cuidada, que refuerza el reconocimiento y la visibilidad del compromiso. “Y el tercero es cuidar mucho nuestra comunicación interna, dando protagonismo a los voluntarios, visibilizando las historias y reconociendo el compromiso de los equipos. No se trata solo de incentivar, sino de generar una cultura en la que participar sea algo natural, compartido y coherente con los valores de la organización”.

El Año Internacional de los Voluntarios marca un punto de inflexión. Con más del 93% de las organizaciones apostando porque crezcan sus programas de voluntariado, el reto es consolidar el voluntariado como parte estructural de las empresas y maximizar su impacto social.
“El principal desafío es evolucionar de la gestión de actividad a la gestión de impacto”, concluye Juan Ángel Poyatos. “Seguimos midiendo lo fácil, pero el futuro exige medir lo relevante: transformación social, desarrollo de competencias y contribución estratégica”.
En este sentido, señala tres grandes retos: mejorar la medición, avanzar en la profesionalización de los programas y reforzar la activación y la comunicación para movilizar a más empleados. “Estamos en un momento de enorme oportunidad. El reto no es crecer más, sino crecer mejor: con más ambición, más foco y más impacto real”.
Iniciativas como el ‘Mes Social’ de CaixaBank reflejan esta evolución. Más allá de una campaña, representa una forma de entender el compromiso empresarial como parte esencial de la cultura corporativa.
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