Diversidad
Niños con discapacidad y deporte: beneficios más allá de lo físico

Reportaje
Más allá del espectáculo, el deporte de base genera impacto económico y cohesión social
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Los grandes titulares del deporte suelen hablar de estadios, derechos televisivos o medallas. Sin embargo, la base real del sistema, la que sostiene la práctica cotidiana, la socialización temprana y buena parte de la salud pública, ocurre lejos del foco.
Esa base se encuentra en los clubes de barrio, en las escuelas deportivas municipales, en las secciones de un centro cívico, en la asociación que entrena en una pista compartida a las nueve de la noche. Los beneficios del deporte se despliegan en ellos en toda su plenitud.
Desde el punto de vista macro, el deporte ya representa un sector relevante. En España, las actividades deportivas, recreativas y de entretenimiento aportan alrededor del 3,3 % del PIB y generan más de 400.000 empleos.
Aunque estas cifras incluyen desde el deporte profesional, los gimnasios y hasta el turismo deportivo, el dato clave es otro: sin deporte de base no hay sistema. Dimensionar ese subsuelo ayuda a entender por qué estos clubes son, a la vez, microeconomía local e infraestructura social.
Según datos oficiales del Consejo Superior de Deportes (CSD) correspondientes a 2024, el deporte federado en España sumó 78.690 clubes y 4.315.809 licencias.
Son números que, por sí solos, muestran una red densa, capilar, repartida por todo el territorio, sostenida por miles de pequeñas organizaciones y por decenas de miles de apasionados.
Ahora bien, cuando hablamos de clubes de barrio no hablamos solo de “hacer deporte”. Hablamos de compromiso y organización: juntas directivas, entrenadores, delegados, horarios, transporte, seguros, equipaciones, cuotas, alquileres de instalaciones, inscripciones, torneos. Es decir, decisiones y flujos económicos repetidos y alimentados semana tras semana por un gran número de personas.
Este universo toca deportes diferentes. El fútbol, por ejemplo, concentra 30.862 clubes (casi cuatro de cada diez del total federado), seguido por actividades como la caza, el ciclismo o el baloncesto, cada una con su propio ecosistema de entidades pequeñas y medianas.
Si ampliamos la mirada del club “federado” al club “de base” (no siempre federado, a veces estrictamente municipal o escolar), la sensación en cualquier ciudad española es la misma: hay deporte porque hay asociaciones que lo hacen posible.
Este tejido importa no solo por su valor social y cultural, sino también por el impacto económico que su práctica produce.
De hecho, la evidencia sobre los beneficios del deporte es robusta: la actividad física regular reduce riesgos de enfermedades no transmisibles y mejora tanto la salud mental como el bienestar.
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La financiación típica de un club de base se parece más a la de una pequeña entidad social que a la de una empresa: ingresos fragmentados, márgenes estrechos y una fuerte dependencia de la constancia comunitaria.
El “motor” suele arrancar con cuotas (de socios o familias), a las que se suman inscripciones, eventos puntuales y, cuando existe, algo de patrocinio local (la tienda del barrio, la asesoría, el bar de la esquina).
En paralelo, muchos clubes dependen de subvenciones municipales o convenios por uso de instalaciones. De hecho, por su importancia social y comunitaria, el deporte de base se sostiene en una cooperación práctica entre ayuntamientos y asociaciones (cesión de pistas, horarios, ayudas por escuela deportiva, etc.).
En la vida real, esa colaboración aparece en presupuestos locales y convocatorias anuales, con subidas o bajadas pequeñas de gastos que, para un club, pueden decidir si mantiene categorías o si recorta entrenamientos.
También hay un elemento estructural que define el papel y el funcionamiento de estos clubes: la forma jurídica.
La normativa estatal describe a las federaciones como entidades asociativas sin ánimo de lucro, y el ecosistema de clubes que orbitan alrededor comparte, en gran medida, ese ADN de entidad social: objetivos deportivos, sí, pero, sobre todo, gobernanza, participación y servicio a una comunidad.
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Lo que “devuelven” estos clubes de barrio rara vez cabe en una cuenta de resultados. Ofrecen, por supuesto, los beneficios asociados a la práctica deportiva y hábitos saludables, pero también devuelven capital social.
Dentro de ese capital social se encuentran los vínculos intergeneracionales, la integración de recién llegados, rutinas de pertenencia, la prevención de la soledad y una pedagogía cotidiana de normas compartidas (llegar a tiempo, respetar turnos, asumir roles, gestionar frustraciones).
Todo esto lo hacen con un ingrediente clave que suele pasar desapercibido: el trabajo no remunerado y la implicación comunitaria, un tipo de energía social sin la cual muchas actividades sencillamente no existirían.
Los clubes de barrio son una microeconomía que mueve pequeñas cifras, pero producen un resultado enorme: que el deporte sea un hábito accesible y repetible.