Lácteos ocultos en minas, cebollas vetadas en bolsa y aranceles a vehículos que empezaron con pollos. Anécdotas históricas con moraleja
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Quesos escondidos en minas, una hortaliza vetada en la bolsa, un arancel a vehículos con origen en pollos y mantequilla de contrabando.
Estas son cuatro curiosidades reales en las que la comida explica conceptos económicos como las reservas estratégicas, los contratos de futuros o la especulación.
Se trata de movimientos económicos que, en la mayoría de los casos, acaban teniendo repercusiones en los hogares, especialmente si hablamos de alimentos.
La historia económica está llena de curiosidades que repasamos a continuación.
En 1949, Estados Unidos puso en marcha un programa para sostener el precio de la leche: cuando el mercado flojeaba, el Gobierno compraba los excedentes lácteos para que los ganaderos no quebraran.
Sobre el papel, este movimiento parecía una red de seguridad sensata, aunque en la práctica tuvo un curioso efecto de bola de nieve.
La acumulación de leche se volvió tan descomunal que, en 1981, la Administración de Ronald Reagan se encontró con más de 250.000 toneladas de queso entre manos. Solo guardarlo costaba alrededor de un millón de dólares al día, según The Washington Post .
¿Y dónde se mete semejante montaña de queso? En antiguas minas y canteras, unas estatales y otras alquiladas a empresas privadas . Para 1984, esas minas ya atesoraban algo más de dos kilos de queso por habitante del país.
El apuro fue de tal calibre que un funcionario del Departamento de Agricultura llegó a sugerir que “lo más barato y práctico sería tirarlo al océano”. Finalmente, parte de ese queso se repartió entre familias necesitadas, y así nació el famoso government cheese.
En la actualidad, Estados Unidos todavía mantiene una gran cantidad de queso en reserva, pero está en manos de los productores comerciales .
La moraleja que se podría extraer de esta historia es que intervenir sobre los precios de un bien básico sin moderar la producción puede salir caro.
Un contrato de futuros es, en esencia, un acuerdo para comprar o vender un activo a un precio fijado de antemano y antes de una fecha determinada.
Existen futuros de casi todo: petróleo, oro, trigo e incluso zumo de naranja. Mejor dicho, de casi todo, porque en EE. UU. existe una excepción llamativa: la cebolla.
El responsable de esa excepción fue Vincent Kosuga , agricultor y comerciante apodado «el Rey de la cebolla». En el otoño de 1955, junto a su socio Sam Siegel, llegó a controlar el mercado de cebollas del país, al acaparar el 98 % de las existencias para almacenarlo en Chicago.
Al mantener todas esas cebollas fuera del mercado, consiguieron subir los precios y obligaron a un grupo de granjeros a comprarles productos a precio elevado bajo la amenaza de inundar el mercado si no lo hacían.
Les prometieron mantener los precios elevados hasta marzo de 1956. Sin embargo, Kosuga y Siegel compraron posiciones cortas en el mercado de futuros, apostando a que los precios caerían. Utilizaron su propio stock para asegurarse de que así sería.
Como resultado, el precio se desplomó hasta los diez centavos en 1956: la bolsa de lona valía más que las cebollas que contenía. Los especuladores se embolsaron millones de dólares gracias a esta jugada.
La respuesta del Congreso fue drástica: la Ley de Futuros de Cebolla de 1958 prohibió negociar futuros sobre esta hortaliza, un veto que aún hoy se mantiene.
¿Puede el pollo desatar una guerra comercial con aranceles que durarían décadas? Así ocurrió en los años 60 del siglo pasado, cuando Estados Unidos y Europa se enzarzaron en un conflicto económico que involucró a aves de corral y vehículos.
A principios de los años 60, Europa todavía veía el pollo como un lujo de clases altas. Estados Unidos, con una producción avasallante, lo había democratizado, y ese exceso de oferta cruzó el Atlántico a precios bajísimos. Francia y Alemania, con sus ganaderos amenazados, denunciaron dumping e impusieron aranceles al pollo americano.
Washington respondió con un gravamen que ha sobrevivido hasta hoy: un 25 % a las camionetas y furgonetas extranjeras , muy de moda en aquel entonces. Se conoce como chicken tax (impuesto del pollo), pero afecta a automóviles.
Los grandes productores estadounidenses tuvieron entonces la oportunidad de subir los precios de sus camionetas, al mermar la competencia.
Así que, aunque Europa eliminó los aranceles al pollo en 1964, los fabricantes de vehículos presionaron para que Estados Unidos no dejara decaer el suyo. Un objetivo que no solo consiguieron, sino que se mantuvo en el tiempo.
Aquella guerra del pollo fue algo más que una pelea por carne barata: fue un aviso de cómo las decisiones comerciales de un país pueden acabar afectando a la economía global.
Aunque pueda sonar extraño en un país como España, donde el rey de la cocina suele ser el aceite de oliva, la mantequilla es objeto de reservas estratégicas en otros territorios. Y cuando escasea, las consecuencias se dejan notar.
Efectivamente, la mantequilla también cuenta su propia historia económica, y tiene dos caras. Una es la previsión. La otra, el desabastecimiento.
Por un lado, tenemos el ejemplo de Polonia en 2024. Ante una subida de precios del 49 % interanual por la escasez mundial de leche, la agencia estatal de reservas estratégicas (RARS) subastó 1.000 toneladas de mantequilla congelada en bloques de 25 kilos, con un precio de salida de 28,38 zlotys el kilo (unos 6,6 euros), para enfriar el mercado.
La mantequilla, como el petróleo, puede actuar como reserva de emergencia.
Por otro lado, tenemos a Noruega en 2011, el caso contrario: el país se quedó prácticamente sin mantequilla justo antes de Navidad, un auténtico drama para muchos hogares que se quedaron sin preparar sus platos más típicos.
También fue un ejemplo de falta de previsión y de dejadez a la hora de dar la voz de alarma ante la escasez de un producto básico.
Un verano lluvioso había recortado 20 millones de litros la producción de leche y, a la vez, una dieta de moda baja en carbohidratos y rica en grasas disparó la demanda el 30 %.
Como la legislación proteccionista del país dificultaba la importación de productos considerados locales, no había una manera rápida de importar mantequilla para suplir la carencia.
La escena noruega rozó lo surrealista. Quien tenía reservas, las revendía por cuatro veces su valor —más de 80 coronas el kilo, unos 10,4 euros— y hubo gente que cruzaba la frontera con mantequilla sueca de contrabando para venderla por internet.
Para paliar la situación, el Gobierno bajó el arancel de 25 a 4 coronas por kilo, pero solo durante el mes de diciembre. Un plazo insuficiente para que las fábricas danesas pudieran importar el material necesario y servirlo a las familias a tiempo para Navidad.
Queso enterrado en minas, cebollas objeto de especulación, furgonetas castigadas por culpa del pollo y mantequilla de estraperlo: cada historia parece una anécdota, pero todas enseñan lecciones valiosas sobre la importancia de los alimentos tanto en la economía como, evidentemente, en la vida de las personas.


