ECONOMÍA CIRCULAR
Así lo hacían tus abuelos, así lo puedes hacer tú: reutiliza para ahorrar

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Las comunidades energéticas locales son una alternativa y un complemento local a las redes nacionales de energía. Impulsarán la transición energética, serán clave en la descarbonización, apuntalarán la resiliencia de los municipios y reducirán su factura eléctrica y su dependencia del exterior. Además, generarán empleo local y permitirán a los vecinos formar parte del cambio.
Las comunidades energéticas locales, abreviadas como CEL, son agrupaciones de autoconsumo que permiten a ciudadanos y empresas consumir energía generada dentro de su propio municipio. De ser posible, a través de fuentes de energía renovables y sin emisiones, aunque esto puede variar según el municipio, sus necesidades o las características locales. Por ejemplo, un municipio con una gran cantidad de desechos agrícolas podría optar por quemar biogás.
El Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) define las CEL como una «entidad jurídica de participación voluntaria y abierta controlada por accionistas o miembros que sean personas físicas o jurídicas», como comunidades de vecinos, empresas o la Administración.
La idea tras estas agrupaciones es la de permitir participar a todo el que quiera contribuir a un consumo responsable de energía. Hace tiempo que se sabe, por ejemplo, de cara a los paneles fotovoltaicos, que cuantos más se fabrican, más baja el precio de la energía generada. Es la llamada ley de Swanson. Cuantas más CEL fotovoltaicas haya, menos pagarán todas.
El beneficio principal, destaca el IDAE en su documento Desarrollo de instrumentos de fomento de comunidades energéticas locales, es el de ofrecer beneficios energéticos de los que deriven otros ambientales, económicos o sociales.
En otras palabras, las CEL están en consonancia con Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como el n.º 7 (Energía asequible y no contaminante), el n.º 8 (Trabajo decente y crecimiento económico), el n.º 11 (Ciudades y comunidades sostenibles) o el n.º 13 (Acción por el clima). Así se observa en sus principales ventajas:
Las comunidades energéticas locales no son fáciles de implementar. Llegar a acuerdos siempre es complicado y existe una alta resistencia al cambio, incluso cuando queda claro que este será positivo para la región. Lo más complicado del proyecto es convencer a empresas, asociaciones y ciudadanía de que el retorno positivo es mucho mayor que las posibles (aunque improbables) consecuencias negativas.
El primer paso consiste en crear un colectivo de personas interesadas en formar una CEL, así como darles a conocer la posibilidad. En la guía europea Community Energy. A practical guide to reclaiming power aparecen los pasos más frecuentes en función de la legislación de los distintos países. Incluye, básicamente, la importancia de conocer las barreras de entrada, de realizar estudios de viabilidad, del diseño, de la búsqueda de financiación para realizar el proyecto y de los acuerdos de acceso a la red, así como de compra de energía.
En España, el IDAE publica una extensa Guía para el desarrollo de instrumentos de fomento de comunidades energéticas locales, accesible para todos en su site.
Aunque se puede ir por libre a la hora de organizar una CEL, lo más recomendable es buscar una empresa específica que se dedique a crear este tipo de redes de consumo. Lo es tanto para facilitar el proceso de búsqueda de socios y proveedores como para superar los trámites burocráticos asociados. Además, se cometerán muchos menos errores si la organización ya se especializa en ello.
En Euskadi, Edinor y CaixaBank se han unido para financiar las comunidades energéticas locales que se creen en Euskadi, de manera que puedan sumarse los vecinos con una cuota cercana a nueve euros mensuales. Con esta cuota se financia la instalación fotovoltaica de la que serán titulares, y todos los vecinos podrán obtener energía verde, renovable, de kilómetro cero y sin un sobreesfuerzo económico.
Se espera que con este acuerdo los vecinos tengan ahorros aproximados del 25 % en su factura anual. Junto con evitar cientos de toneladas de CO2 a la atmósfera, este ahorro económico para los vecinos es una de las ventajas con más peso en la ecuación.
Una comunidad energética local es un paso más en el camino que todos hemos emprendido para hacer del planeta un lugar sostenible y resiliente. Se trata de un tipo de iniciativa que nunca habría podido ver la luz sin un cambio de mentalidad como este, que ya se ha instalado en la sociedad.