MEDIOAMBIENTE
¿Punto limpio o contenedor? Guía para reciclar desechos poco habituales

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Hace años que Europa trabaja por conseguir un futuro sostenible dentro y fuera de sus fronteras. La llegada de Ursula von der Leyen a la presidencia de la Comisión Europea le dio un nuevo impulso a este objetivo, especialmente tras la aprobación del Pacto Verde Europeo (PVE), en el que se detallaban las tres grandes transiciones que debía llevar a cabo la eurozona para alcanzar su meta: la climática, la energética y la digital.
Antes de que el PVE viera la luz, Europa ya había dado vía libre al Plan de Acción: Financiar el Desarrollo Sostenible, un programa centrado en las reformas financieras que sería necesario acometer para afrontar esta gran transición.
El programa consta de tres objetivos, que se concretan en 10 acciones, entre las que destaca la elaboración de un sistema de clasificación de la UE para las actividades sostenibles. Y es aquí donde entra la taxonomía medioambiental, que no es otra cosa que una clasificación de las actividades económicas según su grado de sostenibilidad ambiental con el fin de evitar que empresas, gobiernos o inversores otorguen a sus operaciones un carácter sostenible que en realidad no tienen.
De este modo, y en aplicación de la taxonomía, toda actividad económica que busque financiación y se denomine sostenible debe contribuir a la consecución de seis objetivos climáticos:
Para que una actividad económica sea considerada medioambientalmente sostenible dentro del marco de la taxonomía tiene que cumplir cuatro criterios:
Esto, que en teoría puede parecer sencillo, en la práctica se convierte en algo extremadamente complejo tanto para las empresas que buscan financiación como para aquellas entidades que la otorgan, ya que requiere ofrecer una gran cantidad de información detallada de los proyectos.
Veamos un ejemplo. Una empresa de energías renovables está buscando financiación para poner en marcha un parque eólico. Desde el punto de vista de la taxonomía, el objetivo medioambiental de mitigación del cambio climático estaría cumplido, pero es necesario saber si la propuesta perjudica a alguno de los otros cinco.
En este sentido, la empresa debería especificar aspectos como en qué grado afectará al ecosistema en el que se construirá el parque, de qué materiales están hechas las aspas de los molinos para garantizar que el proyecto contribuye a la economía circular o de qué manera garantiza que este proyecto no tendrá repercusiones medioambientales negativas en el futuro.
Hasta ahora, los criterios para definir aquellas actividades «verdes» eran más bien laxos. Con la aplicación de la taxonomía medioambiental, muchas actividades económicas que hasta ahora se consideraban sostenibles desde el punto de vista medioambiental podrían quedar fuera de este marco si no justifican su contribución a la transición climática del continente.
La Cátedra CaixaBank de Sostenibilidad e Impacto Social – IESE analiza en su cuaderno n.º 50 Taxonomía medioambiental y productos financieros verdes el impacto de esta nueva regulación.