Arándanos, sombreros o ventanas protagonizan algunos de los impuestos más raros del mundo. Descubre los más llamativos
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Los impuestos son una de las principales fuentes de financiación de los Estados. Los hay de todo tipo y algunas leyes fiscales son tan raras que sorprenden a todo el mundo.
Impuestos sobre ventanas, arándanos, flatulencias, sombreros… Son todos tributos llamativos, aunque todos ellos tienen detrás una cierta lógica que vamos a tratar de explicar.
Una de las principales funciones de los impuestos es la redistribución de la riqueza. Así están concebidos algunos como el IRPF, con tipos impositivos que aumentan conforme lo hacen los distintos tramos de renta, o el impuesto sobre el patrimonio.
Esa misma lógica siguen los impuestos específicos que aplican algunos territorios a la compra de bienes de lujo. Estos tributos gravan la propiedad de determinados productos y servicios a los que solo suelen acceder los más pudientes. En Reino Unido empezaron a ensayarlos hace siglos.
Ya en 1696, a alguien se le ocurrió establecer un impuesto a las ventanas en ese país. Obligaba a pagar dos chelines a los hogares con diez o menos ventanas. Eso sí, las propiedades más grandes (y, por tanto, con más ventanales) se veían gravadas con una cantidad mucho mayor.
La idea detrás de este impuesto era simple: que los ricos residentes de las grandes haciendas pagaran más impuestos que los hogares más humildes.
Hubo un problema: los edificios colectivos de viviendas de las ciudades, donde vivía la clase obrera de la revolución industrial, se consideraban un conjunto. Así que cada obrero pagaba un impuesto desorbitado por su apartamento.
Como consecuencia, los contribuyentes empezaron a tapiar ventanas y se desencadenó un problema de salud pública . El impuesto se derogó en 1850.
Un impuesto similar en Reino Unido gravó el papel pintado entre 1712 y 1836. Estaba de moda entre los más pudientes empapelar sus viviendas con todo tipo de decoraciones extravagantes y el tributo pretendía aprovechar la situación.
Por supuesto, los ciudadanos encontraron una manera de sortear este peculiar impuesto, que consideraban injusto. Lo hicieron empapelando sus casas con papel normal que después decoraban con sus propios diseños y grabados.
La relación entre fiscalidad y arquitectura ha dado lugar a numerosas anécdotas históricas. En España suele mencionarse el caso de los tejados segovianos, cuya peculiar disposición de las tejas ha llevado a especular sobre posibles motivaciones económicas relacionadas con los costes de construcción y la presión fiscal de la época.
Aunque no existe evidencia de un impuesto específico sobre las tejas, el ejemplo ilustra cómo los incentivos económicos pueden acabar influyendo incluso en el diseño de las viviendas.
Ni siquiera los sombreros escaparon a la creatividad fiscal de la época. De hecho, en 1784 se impuso un impuesto a los sombreros con la misma lógica que los anteriores: los ricos, que comprarían más modelos, pagarían más. Había incluso exenciones fiscales para quienes tuvieran que utilizar sombrero por su profesión.
Le siguió otro a las pelucas empolvadas (1795). Como el de las ventanas, tuvo un efecto secundario indeseado: acabó con la boyante industria de postizos capilares en el país.
La fiscalidad también se utiliza para influir sobre la propia economía de los territorios.
Un claro ejemplo es el de los aranceles, medidas tributarias que se suelen utilizar para proteger o favorecer la producción local frente a las importaciones de ciertos productos.
Las tasas medioambientales también se emplean para impulsar cambios en los sectores productivos que promuevan una economía más respetuosa con el medioambiente.
Algunas leyes fiscales llamativas siguen precisamente ese precepto. Es el caso de los impuestos a las flatulencias del ganado, que constituyen una de las principales fuentes de gases de efecto invernadero en el mundo.
Dinamarca pondrá en marcha en 2030 un gravamen pionero sobre las emisiones de metano procedentes de la ganadería. Aunque su objetivo es medioambiental, la medida ya figura entre los ejemplos más sorprendentes de fiscalidad contemporánea.
La norma indica que los ganaderos deberán abonar unos 40 euros por cada tonelada de metano que produzcan sus vacas o cerdos, aunque tendrán una rebaja fiscal del 60 % al principio. Si además consiguen reducir sus emisiones, el descuento será mayor. El objetivo consiste en promover explotaciones más respetuosas con el medioambiente.
No todos los impuestos peculiares persiguen fines medioambientales. Algunos buscan proteger sectores económicos estratégicos o financiar su desarrollo. Este es el caso del impuesto que grava la producción de arándanos en el estado de Maine (EE. UU.). Los productores, procesadores y exportadores de estos frutos son quienes deben abonarlo.
En este caso, lo que se persigue es evitar la sobreexplotación de los cultivos e impulsar la investigación sobre ellos con el dinero recaudado.
Actos cotidianos que se consideran individuales tienen, en realidad, una gran repercusión.
Vivimos en sociedad y eso tiene un efecto multiplicador: acciones tan personales como alimentarse pueden tener repercusiones enormes sobre la salud pública y también sobre la del entorno.
Por eso se aprueban leyes fiscales que buscan mejorar hábitos y reparar, en parte, el aumento de gasto público que pueden suponer las acciones individuales.
Por ese motivo existen impuestos que gravan el consumo de alimentos insanos. Su objetivo consiste en disuadir a los ciudadanos de su uso y sustituirlos por otros más saludables. De esta forma se esperan mejoras en la salud general.
Esto es lo que ha intentado Hungría con el conocido como “impuesto a las patatas fritas”. Es un tributo que grava aperitivos, golosinas y refrescos poco saludables. De momento no ha tenido demasiado éxito . Al contrario: la proporción de estos productos en la cesta de la compra de los húngaros ha aumentado.
Más éxito parece haber tenido el impuesto que se aplica desde 2017 en Cataluña sobre las bebidas azucaradas: varios estudios apuntan a un descenso en el consumo desde su entrada en vigor.
Nos vamos ahora al otro extremo del aparato digestivo: el estado de Maryland (EE.UU.) tiene en vigor una tasa conocida como la “tasa de la cisterna” (flush fee). No es que grave exactamente el gesto cotidiano de tirar de la cadena, pero sí que se utiliza lo recaudado para paliar sus efectos sobre el entorno natural.
A comienzos de este siglo, Maryland se encontró un enorme problema: la Bahía Chesapeake estaba invadida por unas algas que dañaban su ecosistema.
En realidad, lo que ocurría era que la bahía estaba contaminada por altas concentraciones de fósforo y nitrógeno procedentes de las alcantarillas. Las algas se alimentaban de ellas y proliferaban en exceso, consumiendo oxígeno y tapando la luz solar. Se convirtieron en un problema medioambiental de primer orden.
Para acabar con ese problema, era necesario mejorar las plantas de tratamiento de aguas residuales del territorio. Había que conseguir los fondos necesarios, así que las autoridades decidieron en 2004 gravar con una tasa mensual los recibos del alcantarillado y con otra anual a los usuarios de fosas sépticas.
Años después, la bahía experimentó un notable descenso en sus niveles de fósforo y nitrógeno. Lo hizo gracias a las mejoras realizadas en las plantas de tratamiento, financiadas mediante esta tasa.
Aunque muchos de estos impuestos pueden parecer extravagantes a primera vista, la mayoría surgieron para responder a problemas muy concretos: recaudar fondos, redistribuir la riqueza, proteger sectores estratégicos o fomentar determinados comportamientos. La historia demuestra que, detrás de algunos de los tributos más extraños del mundo, suele esconderse una lógica económica, social o medioambiental mucho más racional de lo que parece.


