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Color, pureza, corte y quilates: descubre las 4 C, el sistema con el que se valoran los diamantes y que explica su precio
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Que no todos los diamantes valen lo mismo es algo de sobra conocido, pero ¿qué hace que unos diamantes valgan más que otros?
La respuesta intuitiva es su tamaño y es cierto que el peso de un diamante influye en su valoración. Sin embargo, hay otros factores que entran en juego: puede haber diamantes pequeños que valgan más que otros más grandes. La razón es que estas gemas se valoran según su rareza y en ello intervienen distintos factores.
Por eso surgieron las 4 C, un sistema de clasificación que ayuda a valorar diamantes según diferentes características.
Las 4 C de los diamantes se refieren a cuatro características clave a la hora de catalogar estas gemas: color, pureza (clarity), corte y peso (carat). Para saber de dónde han salido estas C tan importantes para valorar diamantes, debemos trasladarnos por un momento a los años cuarenta del siglo pasado.
Entonces, un gemólogo llamado Robert Shipley , interesado en la profesionalización de la industria joyera en Estados Unidos, fundó el instituto GIA, donde ofrecía formación a profesionales.
Shipley estaba firmemente comprometido con los estándares y la ética en el mercado de las gemas, sobre los que hacía especial hincapié en sus clases.
Fue en este contexto en el que Shipley buscaba una manera de ayudar a sus alumnos del instituto GIA a recordar los factores que caracterizan a un diamante. No era fácil: hasta entonces, solo se decía que un diamante había sido “bien” o “mal” cortado, o se usaban términos como “río” o “agua” para designar a los más incoloros.
Así que Shipley sintetizó las características que servían para valorar diamantes y comenzó a utilizar el sistema de las 4 C para enseñar a sus alumnos a hacerlo.
Ese sistema se perfeccionó con el paso del tiempo y se convirtió en un estándar internacional que aún hoy se utiliza en la industria. No solo indica los cuatro factores principales de valoración, sino también los métodos y procedimientos necesarios para una graduación objetiva de la calidad de un diamante.
Una vez conocida la historia del sistema que se usa para clasificar los diamantes según su calidad, vamos a familiarizarnos con la primera de esas C: el color.
Aunque lo pueda parecer, no todos los diamantes son incoloros: hay toda una escala de colores e intensidades que van de la ausencia más pura de color al marrón. En joyería se suelen utilizar gemas de la llamada “serie incolora” , que van de la ausencia de tonalidad a otras ligeramente amarillas.
Existen varias escalas de color, pero la que más se suele utilizar en joyería es la GIA, que va de la D (el blanco más excepcional y más valioso) a la Z (tonalidades más visibles). Fuera de esta escala se sitúan los diamantes fantasía , de colores naturales intensos y de gran rareza.
¿Cómo se determina el color de un diamante? No sirve hacerlo a simple vista: el gemólogo compara la gema con otras que sirven de patrón y debe observarla bajo ciertos requisitos que van de su posición a la temperatura de color de la luz.
Una vez establecido el color del diamante, los gemólogos pasan a clasificarlo según su pureza o claridad. ¿Qué significa esto? Que estas gemas pueden presentar ciertas inclusiones y defectos en su interior que pueden llegar a afectar a su brillo y transparencia si son muy grandes.
También para esto hay una escala GIA, que clasifica los diamantes desde FL o IF (un diamante puro sin defectos internos observado a diez aumentos) a I (imperfecto, con grandes inclusiones que afectan a su belleza). Los más valiosos según esta característica serían los más puros.
Hay distintas formas de cortar un diamante que influyen en su interacción con la luz. Por eso se estableció también una escala de cortes de diamantes que los califica de “excelente” a “pobre”. Cuanto más excepcional es el corte, más intenso es el destello de la gema y su belleza.
Para situar una gema en un lugar u otro de esta escala, los gemólogos tienen en cuenta distintas características. En esa valoración se observan el grosor y la altura de la corona, la culata del diamante (su vértice inferior), su pulido y la simetría que presenta, entre otras cuestiones. También el reflejo y la refracción de la luz en la gema.
Ahora sí, llegamos a la C más conocida: los quilates de un diamante o grupo de diamantes. Se trata de la unidad de medida para pesar un diamante, no para establecer su tamaño.
Un quilate equivale a 200 miligramos, aunque se puede llevar la precisión hasta las centésimas de quilate. A mayor número de quilates, mayor valor del diamante por su peso. Además, los números redondos (1 ct, 1,5 ct, etc.) reciben una valoración extra respecto a otros muy cercanos en peso (0,99 ct o 1,48 ct).
La historia del término carat (quilate en francés) es muy curiosa: el nombre procede de la semilla de la algarroba y se utiliza desde el siglo XVI. Entonces, los comerciantes de gemas utilizaban ese tipo de semillas como contrapeso en sus básculas. Hoy se trata de una unidad de medida estándar en miligramos utilizada en todo el mundo.
Es importante que todas estas características de un diamante queden acreditadas en un certificado expedido por un laboratorio gemológico de prestigio, que aplique las normas internacionales con rigor.