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La cita olímpica canadiense abrió una nueva etapa para las atletas de élite en plena Guerra Fría
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En el verano de 1976, mientras Nadia Comaneci obtenía el primer diez perfecto de la gimnasia olímpica y la Guerra Fría seguía marcando buena parte de la política internacional, en Montreal ocurrió otro cambio histórico, aunque menos recordado: por primera vez el baloncesto femenino entraba en el programa de los Juegos Olímpicos. El retraso era considerable, ya que el torneo masculino estaba presente desde Berlín 1936.
Aquellos Juegos canadienses estuvieron marcados por el boicot de varios países africanos por las relaciones deportivas entre Nueva Zelanda y la Sudáfrica del apartheid, así como por la creciente tensión ideológica entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En el debut del baloncesto femenino participaron solo seis selecciones: URSS, Estados Unidos, Japón, Bulgaria, Checoslovaquia y Canadá.
La diferencia entre estadounidenses y soviéticas, las dos selecciones finalistas, reflejaba dos maneras muy distintas de entender el deporte femenino.
Mientras en buena parte de Occidente las mujeres seguían teniendo menos estructuras profesionales, menos inversión y menor exposición mediática, la Unión Soviética y otros países del bloque socialista llevaban años utilizando el deporte femenino como herramienta de prestigio internacional.
La URSS llegó a Montreal como gran favorita. Había dominado el baloncesto europeo y mundial durante la década anterior y contaba con una figura prácticamente imposible de defender: Uljana Semjonova, una pívot letona de 2,13 metros que terminaría convertida en una de las imágenes icónicas de aquellos Juegos. Las soviéticas ganaron sus cinco partidos y derrotaron con claridad a Estados Unidos por 112-77 .
La Unión Soviética utilizaba el deporte femenino como herramienta de prestigio internacional
La rivalidad olímpica continuó durante los años siguientes siguiendo la lógica de la Guerra Fría. Moscú 1980 quedó condicionada por el boicot estadounidense tras la invasión soviética de Afganistán.
Cuatro años después, en Los Ángeles 1984, la URSS y varios aliados del Este devolvieron el gesto y no participaron en los Juegos. No obstante, se puede afirmar que en Montreal 1976 empezó la expansión global de la disciplina.
En Seúl 1988 apareció con fuerza Corea del Sur; en Barcelona 1992 irrumpió China; Australia se consolidó durante los noventa y principios de los 2000 como una de las grandes potencias; y más adelante Francia, España o Canadá ampliaron la competitividad del torneo.
El crecimiento del baloncesto femenino terminó acompañando la propia globalización del deporte y de la economía deportiva. En paralelo, las Olimpiadas ayudaron a acelerar cambios sociales más amplios, porque la visibilidad internacional de las jugadoras fue generando nuevas referentes en países donde el deporte femenino seguía ocupando un espacio marginal.
La estadounidense Lusia Harris quizá fue el símbolo de esa evolución. En Montreal 1976 anotó la primera canasta de la historia del baloncesto femenino olímpico y poco después se convirtió en la primera y única mujer seleccionada en un draft de la NBA masculina.
Harris tenía entonces 21 años, venía de una familia de agricultores del Mississippi y había aprendido a jugar en el único aro de baloncesto de su barrio.
Su carrera pertenece todavía a una época prácticamente amateur, cuando la WNBA ni siquiera existía y muchas jugadoras olímpicas compaginaban la élite deportiva con otros trabajos o con competiciones semiprofesionales.
Casi medio siglo después de Montreal, el escenario económico ha cambiado de forma considerable. Según Deloitte , los ingresos globales del deporte femenino podrían alcanzar los 3.000 millones en 2026, con el baloncesto y el fútbol concentrando la mayor parte de ese crecimiento.
Buena parte de esa expansión se explica precisamente por el efecto acumulativo de décadas de participación olímpica, profesionalización y exposición mediática.
Las audiencias televisivas han aumentado, las ligas femeninas atraen nuevos patrocinadores y los contratos audiovisuales empiezan a alcanzar cifras impensables hace apenas diez años.
La WNBA estadounidense es probablemente el mejor ejemplo de este nuevo nivel alcanzado. La competición vive uno de los momentos de mayor crecimiento de su historia, impulsada por nuevas generaciones de jugadoras, el aumento de asistencia a los pabellones y la entrada de grandes grupos inversores.
Algunas franquicias ya manejan valoraciones cercanas a las de las ligas deportivas masculinas y la negociación del nuevo convenio colectivo prevé incrementos salariales muy significativos para las jugadoras.
En ese contexto de crecimiento global, el baloncesto femenino español atraviesa hoy uno de los momentos más sólidos de su historia, con una nueva generación que ejemplifica esa evolución.
La Selección Española, en pleno proceso de relevo tras la plata en el Eurobasket 2025, afronta el Mundial de Berlín 2026 apoyada en jóvenes talentos como Awa Fam o Iyana Martín, protagonistas también de un hito reciente: el draft de la WNBA 2026, en el que tres jugadoras españolas fueron seleccionadas por primera vez en la misma edición.
Este salto al otro lado del Atlántico no es coyuntural, sino el reflejo de una tendencia consolidada, con más de un centenar de jugadoras españolas compitiendo en la NCAA y un número creciente ganando presencia en la liga estadounidense.
Así, España se consolida como uno de los polos emergentes de talento en un ecosistema profesional cada vez más globalizado, donde el baloncesto femenino combina rendimiento, visibilidad y proyección internacional.
Ese crecimiento económico también tiene implicaciones culturales y estratégicas: el deporte femenino se ha convertido en un mercado muy atractivo para marcas, plataformas audiovisuales y ciudades organizadoras que buscan conectar con audiencias más jóvenes y diversas.
Los propios Juegos Olímpicos han acelerado esa transformación: París 2024 fue la primera edición con paridad completa entre atletas hombres y mujeres, un hito difícil de imaginar en el contexto de Montreal 1976.
Cincuenta años después, aunque Estados Unidos domine el palmarés olímpico reciente, el baloncesto femenino ya incluye selecciones europeas, asiáticas, oceánicas y latinoamericanas capaces de producir talento, atraer inversión y generar un interés global.
Casi 50 años después, aquella competición de seis equipos disputada en Montreal abrió una puerta que ayudó a modificar la percepción internacional del deporte femenino.
Lo que comenzó como una incorporación tardía terminó convirtiéndose en una pieza central de una industria deportiva global que mueve miles de millones, genera nuevas referencias culturales y sigue ampliando su influencia mucho más allá de la pista.