¿Cómo puede crecer mejor el agroalimentario español? Cuatro grandes desafíos marcan su evolución en 2026
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El sector agroalimentario español afronta cuatro grandes retos en 2026: adaptarse al cambio climático, mejorar su competitividad, acelerar la inversión en innovación y digitalización y ganar escala. El objetivo común es producir mejor, aumentar la resiliencia ante los shocks y generar más valor añadido en toda la cadena agroalimentaria española.
El sector agroalimentario español es una extensa cadena económica que comienza en la producción primaria y continúa en la transformación, la industria alimentaria, el transporte, la comercialización y la exportación.
La industria de alimentación y bebidas factura cerca de 185.000 millones de euros, genera más del 21 % del valor añadido manufacturero y emplea a alrededor de medio millón de personas. Además, es el segundo mayor exportador manufacturero español, tras la automoción.
El sector llega a un momento de transformación después de atravesar unos años muy intensos. Tras el golpe de 2022, marcado por la sequía y el encarecimiento de los costes asociado a la guerra de Ucrania, el valor añadido bruto agrario aumentó un 15 % en 2024 y cerca de un 12 % en 2025.
En la primera mitad de 2026 todavía avanzaba un 5,6 % interanual, por encima del 2,6 % del conjunto de la economía. Pero la cuestión de fondo ya no es cuánto puede seguir creciendo a corto plazo, sino cómo puede hacerlo de manera más resiliente, productiva y capaz de generar valor.
En el episodio ¡Oh monte, oh fuente, oh río! El sector agroalimentario español en 2026, de Economía Exprés, el pódcast de CaixaBank Research, el economista Pedro Álvarez Ondina analiza los principales desafíos que determinarán la capacidad del sector para seguir creciendo y generar más valor.
Tormentas, granizo, danas, olas de calor y otros fenómenos extremos incrementan la volatilidad de las cosechas y, con ella, la incertidumbre económica de agricultores y ganaderos.
Los datos muestran el alcance del problema. Hasta finales de julio de 2026, las adversidades meteorológicas habían afectado a cerca de 1,2 millones de hectáreas y generado 374 millones de euros en indemnizaciones de Agroseguro, una de las cifras más elevadas registradas para esas fechas.
La respuesta del sector a este reto pasa por gestionar mejor un riesgo que es creciente mediante soluciones como mejorar la eficiencia en el uso del agua, invertir en adaptación y contar con instrumentos adecuados de aseguramiento.
El segundo desafío al que se enfrenta el sector agroalimentario es la competitividad. Los productores acusan costes elevados, mayores exigencias regulatorias y una competencia internacional creciente.
Aunque la presión de costes de 2026 no alcanzaba inicialmente la intensidad del shock vivido tras la invasión de Ucrania, partía de una posición mucho más exigente: los precios pagados por los agricultores se encontraban alrededor de un 30 % por encima de los niveles prepandemia. En los primeros meses de 2026, energía y fertilizantes llegaron a registrar aumentos interanuales del entorno del 20 %.
A ello se añade un escenario comercial más complejo. En la primera mitad de 2026 las exportaciones agroalimentarias cayeron un 1,4 %, mientras las importaciones aumentaron un 2,3 %. El superávit comercial descendió un 11 %, aunque permaneció por encima de 10.300 millones de euros.
El comportamiento tampoco fue homogéneo: frutas y hortalizas evolucionaron favorablemente, mientras el deterioro estuvo más concentrado en las exportaciones de carne.
Por eso, competir no debería equivaler únicamente a vender una mayor cantidad. También significa capturar más valor por lo que ya se produce.
El sector agroalimentario necesita renovar plantas, maquinaria, sistemas logísticos y procesos de automatización, además de invertir en seguridad alimentaria y eficiencia energética. De hecho, según recuerda Álvarez Ondina, la industria agroalimentaria es la que más invierte dentro de la industria manufacturera española, incluso por delante de la automoción.
Pero el desafío futuro no es simplemente invertir más, sino invertir mejor. La inversión física en maquinaria, instalaciones y edificios seguirá siendo imprescindible, pero deberá complementarse con activos menos tangibles: I+D, digitalización, análisis de datos, inteligencia artificial, innovación de producto, diseño, marca y formación de los trabajadores.
El cuarto reto es la escala y la creación de valor. España se encuentra entre las grandes economías agrarias europeas con una estructura productiva más atomizada y numerosas explotaciones de pequeño tamaño. A ello se suma otro desafío estructural: el escaso relevo generacional, en un campo envejecido y con baja participación femenina.
Para ganar escala, el cooperativismo agroalimentario ofrece alternativas como las cooperativas de segundo grado, las alianzas comerciales, las plataformas conjuntas de comercialización y las centrales compartidas de compra y logística. Estas fórmulas permiten obtener economías de escala sin perder la identidad ni el arraigo territorial.
Los cuatro desafíos están estrechamente conectados. Adaptarse al cambio climático requiere inversión e innovación. La innovación puede mejorar la competitividad. Ganar escala facilita inversiones que serían difíciles de asumir de manera individual. Por último, la diferenciación, la calidad y la marca permiten convertir las mejoras productivas en mayor valor añadido.
Este es probablemente el cambio de perspectiva más importante para entender el futuro agroalimentario español. Su próximo salto no depende únicamente de producir una mayor cantidad de alimentos, sino de producir mejor, resistir mejor los shocks y extraer más valor de aquello que ya produce.


