Las variedades autóctonas, los nuevos consumidores y la diversificación de la oferta, esenciales
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España es el tercer mayor productor de vino del mundo, solo por detrás de Francia e Italia, según la International Organisation of Vine and Wine (OIV) . Sin embargo, hay un gráfico que habla por sí solo y merece una reflexión especial: CaixaBank Research, en su informe agroalimentario de 2026, recoge que, entre 2020 y 2025, la producción de vino en nuestro país ha caído un 29,8 %, un descenso más acusado que el de Francia (-22,7 %) y mucho más que el de Italia (-9,6 %).
Lo cierto es que, durante este tiempo, España no ha visto decrecer su dimensión de terrenos dedicados a este sector. Así que, ¿qué ha pasado en estos cinco años? La conclusión de CaixaBank Research es que el sector del vino español afronta una de sus mayores transformaciones. Y esa transformación reside en dos factores esenciales: el cambio climático y los cambios en las formas de consumo.
El cambio climático está afectando a todo tipo de actividades económicas, y el sector vitivinícola no es precisamente una excepción. Todo lo contrario, de hecho: la creciente frecuencia e intensidad de fenómenos meteorológicos adversos añade una volatilidad muy significativa. Unos fenómenos que pueden venir marcados por las heladas tardías, la sequía, el granizo y, sobre todo, las altas temperaturas.
No hay más que ver los datos: entre 2015 y 2025, la práctica totalidad del territorio español ha visto cómo su temperatura media no paraba de crecer. Se trata de un efecto especialmente notable en provincias como Valladolid, Ciudad Real, La Rioja o Tarragona.
Huelga decir que este aumento tiene un impacto, de manera clara y directa, en el sector vitivinícola, ya que afecta tanto a la calidad de la uva como al ciclo de la cosecha y la producción.
Ante este hecho, la reacción del sector del vino español no se está haciendo esperar, optando por un modelo de producción adaptado al contexto actual y estructurado en torno a dos estrategias fundamentales.
La primera de ellas ha sido aumentar el uso de variedades de uva Piwi (del alemán Pilzwiderstandsfähig), una tipología de vid que, merced a la selección genética, es más resistente a los hongos. Esta característica permite reducir el uso de fungicidas y, con ello, el coste de la producción. Se trata de una variedad empleada de manera muy intensa en territorio centroeuropeo y que, ahora, España está intensificando.
La segunda es la recuperación y revalorización de variedades de uva más adaptadas a las actuales condiciones climatológicas. En este contexto cobran protagonismo las variedades de uva autóctonas mediterráneas, que presentan una mayor adaptación a los climas cálidos y secos. Gracias a esta tolerancia al estrés hídrico, además, se convierten en una ventajosa alternativa en un escenario de cambio climático.
Todo sector debe estar atento a cualquier evolución que incida de manera directa en su actividad económica. Y el vitivinícola, de nuevo, no es una excepción. Aquí debemos detenernos en dos factores que resultan esenciales para entender cómo está cambiando el consumo de vino en España.
Por una parte, España bebe cada vez menos alcohol. Entre 2019 y 2025, el consumo de vino en el hogar cayó un 11,7 %, siguiendo una tendencia que también afecta a otras bebidas espirituosas.
Y dentro de la categoría del vino, dos emblemas del sector, como son el vino tinto y el de aguja, se sitúan entre los que más han visto caer sus registros, frente al auge del vino extranjero, el rosado y el blanco.
Por otro lado, el tipo de consumidor también ha cambiado mucho en los últimos años. El análisis de CaixaBank Research refleja que, desde 2019, el consumo de vino (también de otras bebidas alcohólicas) ha caído a medida que disminuye la edad. Especialmente entre los menores de 35 años, donde el descenso es de cerca de un 45 %.
Fruto de esta evolución, el sector del vino en España se está viendo sometido a una transformación (todavía muy gradual) de su oferta. Y es que los vinos tintos y los envejecidos siguen ocupando una parte central del catálogo, pero, en los últimos años, las empresas del sector están aumentando la producción de vinos blancos, rosados y con Denominación de Origen Protegida (DOP).
Como hemos ido viendo, el sector vitivinícola es consciente del contexto que está viviendo y, por ello, está cambiando su forma de trabajar a los dos retos que tiene por delante. Ante un escenario de cambio climático, las cosechas y producciones deben ser más sostenibles y adaptadas a las condiciones climatológicas. Y, en paralelo, ante una evolución en el perfil del consumidor y la forma de consumo, la oferta debe diversificarse para atraer a un consumidor cada vez más variado.
Se trata, en definitiva, de adaptarse a un nuevo contexto, ser consciente de ello, asumirlo y, con todo, seguir evolucionando dentro de un sector esencial para la economía española, tanto dentro como fuera de sus fronteras.


